Introducción
Hay obras que duran quince minutos en escena y décadas en la memoria. La isla desierta, la pieza breve que Roberto Arlt estrenó en Buenos Aires en 1937, es una de ellas: un puñado de empleados de oficina, una ventana con vista al mar y una pregunta que no cierra nunca. Tan poco y tan todo.
Arlt llegó al teatro tarde, casi de refilón, después de haber sacudido la narrativa rioplatense con sus novelas febriles y sus Aguafuertes periodísticas. Pero cuando llegó, llegó con la misma electricidad nerviosa de siempre: personajes que viven aplastados por algo que no saben nombrar, un lenguaje que mezcla el lunfardo con la filosofía de almacén, y una rabia dulce —si es que eso existe— contra el mundo que obliga a los seres humanos a doblegarse.
En esta obra, ese mundo tiene la forma de una oficina. No cualquier oficina: una sala sin ventilación, sin horizonte, sin futuro visible, donde un grupo de empleados cumple su rutina con la resignación de quien ya olvidó que alguna vez quiso otra cosa. Arlt conocía ese territorio desde adentro. Había sido él mismo ese hombre joven que llegaba temprano a un escritorio ajeno y se marchaba tarde sin haber vivido nada propio. Esa experiencia no es decorado: es la médula del texto.
Y entonces aparece la ventana. O mejor dicho: aparece lo que se ve por la ventana. Y con esa visión, algo se rompe —o se abre— en el corazón de esos personajes que creíamos ya del todo domesticados. Arlt construye aquí una de sus paradojas más hermosas: la libertad no llega desde afuera sino desde adentro, y sin embargo necesita un afuera para encenderse. La isla del título no es un lugar en el mapa. Es un estado del alma que ciertos seres llevan dormido y que basta un instante para despertar.
Lo que hace grande a esta pieza no es su argumento sino su temperatura. Arlt escribe diálogos que suenan a conversación real —interrumpidos, torpes, cargados de sobreentendidos— y al mismo tiempo funcionan como poesía en estado bruto. Sus personajes no son héroes ni víctimas: son gente común atrapada entre el deseo y el miedo, que es exactamente el lugar donde vivimos la mayoría.
El teatro de Arlt incomodó a sus contemporáneos porque no se parecía al teatro que se hacía entonces en Buenos Aires. Era demasiado áspero para el gusto refinado, demasiado inteligente para el populismo fácil. Hoy esa incomodidad se ha convertido en virtud: leemos estas páginas y reconocemos algo que el teatro más pulido no siempre logra, esa sensación de que el escenario está ocurriendo en nuestra propia vida.
Leer La isla desierta lleva menos tiempo que un episodio de cualquier serie. Pero su reverberación dura mucho más. Arlt tenía ese don extraño: comprimir en poco espacio una cantidad desproporcionada de verdad humana, como si hubiera aprendido a escribir con urgencia porque sabía —y lo sabía, murió a los cuarenta y dos años— que el tiempo nunca sobra.
Así que aquí está: una obra pequeña en su extensión y enorme en su eco, escrita por un hombre que amaba a los perdedores con la ferocidad con que solo se ama lo que uno también ha sido. Ábrala sin prisa. Deje que esa ventana también sea la suya.