Introducción
Hay libros que llegan demasiado pronto para su tiempo y, por esa razón, tardan décadas en recibir la justicia que merecen. La inquilina de Wildfell Hall es uno de ellos. Cuando Anne Brontë la publicó en 1848, bajo el seudónimo de Acton Bell, se convirtió de inmediato en un éxito de ventas; y de inmediato, también, en un escándalo. Demasiado cruda, dijeron. Demasiado descarnada en su retrato del vicio masculino, demasiado atrevida en su defensa de una mujer que decide, sencillamente, marcharse.
La historia arranca con un misterio de pueblo: una mujer joven llega sola, con un hijo pequeño, al ruinoso caserón de Wildfell Hall, y no da explicaciones a nadie. Los vecinos murmuran. El narrador, un granjero curioso llamado Gilbert Markham, observa, juzga y acaba fascinándose. Hasta aquí, podría parecer el argumento de cualquier novela gótica de la época. Pero Anne Brontë tenía algo muy distinto en mente.
Porque en un momento que cambia por completo el peso y la temperatura del libro, la inquilina misteriosa —Helen— le entrega a Gilbert su diario. Y el lector entra con él. Lo que ese diario contiene no es romanticismo ni bruma: es un testimonio extraordinariamente lúcido sobre un matrimonio que se deshace, sobre el alcoholismo, la crueldad doméstica y la lenta erosión de una persona. Anne Brontë lo escribe sin melodrama, con una precisión casi clínica que resulta, paradójicamente, mucho más perturbadora que cualquier exceso.
Aquí reside la singularidad radical de esta novela. Sus hermanas Charlotte y Emily construyeron hombres tormentosos —Rochester, Heathcliff— a los que el lector termina perdonando, incluso amando, envueltos como están en niebla romántica. Anne, la menor, la más silenciosa de las tres, eligió mirar sin velo. Su Arthur Huntingdon no es un demonio literario: es algo más inquietante, un hombre encantador que se destruye a sí mismo y arrastra consigo a quienes lo rodean. Reconocible. Posible. Real.
Se ha especulado mucho sobre cuánto de esta novela nació de la observación directa. Anne vio de cerca el deterioro de su hermano Branwell, consumido por el alcohol y el opio. Pero reducir el libro a autobiografía sería empobrecerlo. Lo que Anne Brontë construyó es una arquitectura moral y narrativa de una modernidad asombrosa: una protagonista que no espera ser rescatada, que razona, que actúa, que antepone la integridad de su hijo a las convenciones sociales que la obligan a quedarse.
En 1848, una mujer no podía abandonar legalmente a su marido y llevarse a sus hijos. Helen lo hace de todas formas. Y la novela no la castiga por ello. Ese gesto, tan sencillo en apariencia, era en su momento una provocación filosófica y legal de primer orden.
Charlotte Brontë, tras la muerte de Anne, tomó la decisión de no reeditar el libro. Las razones que dio fueron literarias, pero muchos lectores han sospechado siempre que había algo más: incomodidad ante una franqueza que su propia obra nunca se permitió. Sea como fuere, la novela quedó ensombrecida durante casi un siglo, relegada al papel de «la otra Brontë», la menor, la menos genial. La relectura del siglo XX la rescató. La del siglo XXI la ha convertido en algo cercano a un texto fundacional del pensamiento sobre la autonomía femenina.
Leer La inquilina de Wildfell Hall hoy es descubrir que una joven de veintisiete años, en el páramo de Yorkshire, con menos de dos años de vida por delante, ya sabía exactamente lo que quería decir y encontró el modo exacto de decirlo. Eso, en literatura, no tiene precio.