Introducción
Dickens le da voz a quien nunca la tiene. El protagonista de esta parábola no tiene nombre: es «Nadie», el trabajador anónimo que se gana el pan de sol a sol, ama a su mujer envejecida antes de tiempo y sueña, sobre todo, con instruir a sus hijos. Por encima de él bulle la familia «Bigwig» —los poderosos—, que en vez de darle escuela, salud y un descanso digno, se enzarza en disputas interminables, panfletos y discursos que no llevan a nada.
Cuando una peste nacida de la miseria empieza a matar «a millares», alcanza también a los de arriba. Solo entonces, asustados, los Bigwig prometen actuar; pero, pasado el miedo, todo vuelve a quedar igual. Y «Nadie» formula la verdad del cuento: las calamidades «provendrán de nosotros» mientras no se remedie el abandono de los humildes, y «nada se detendrá ante nuestras pobres puertas».
Al final, Dickens equipara a este hombre con los soldados sin nombre grabados «en conjunto» en los monumentos: los que ganan las batallas y no dejan más rastro que un número. «La historia de nadie» es un alegato encendido —tan vigente hoy como en 1853— por los olvidados sobre cuyos hombros se sostiene el mundo.