Introducción
Un soldado pobre, roto y enamorado hasta los huesos, ha decidido montar guardia ante la puerta de Cristina, una fregona de la que está prendado. No piensa moverse de allí: vigila día y noche, dispuesto a espantar a cualquier rival que ose acercarse. De esa vigilancia obsesiva toma su título La guarda cuidadosa, uno de los entremeses más simpáticos de Cervantes.
El problema es que el soldado tiene un competidor: un sacristán con la bolsa mejor provista y menos aspavientos. Y así se plantea el eterno duelo cómico entre el galán sin un real, que solo puede ofrecer amor y bravatas, y el pretendiente discreto que cuenta con lo que de verdad pesa a la hora de la verdad: dinero y estabilidad.
Cervantes retrata al soldado con una mezcla de burla y ternura. Es un fanfarrón sin fortuna, heredero de los muchos soldados que el propio autor conoció —él mismo lo fue—, y su empeño desesperado tiene algo de conmovedor bajo la comicidad. En su vigilancia inútil hay una verdad melancólica sobre el amor de los que nada tienen.
La pieza avanza con el ritmo vivo del buen entremés: encuentros, desencuentros, celos, réplicas ingeniosas y un desenlace que pone a cada cual en su sitio con una sonrisa. No hay grandes conflictos; hay observación fina del corazón humano y de las leyes, no siempre justas, del amor y el interés.
Breve y encantadora, es una lectura ideal para descubrir la ternura cómica de Cervantes y su simpatía por los perdedores dignos. Detrás de la risa late, como casi siempre en él, una comprensión honda de la gente común.
Ponte junto al soldado en su guardia inútil y observa cómo se decide la suerte de su amor. Una comedia pequeña con un fondo sorprendentemente humano.