Introducción
Hay libros que se leen con los ojos y libros que se leen con las heridas. La fugitiva pertenece a la segunda clase. Es el volumen de En busca del tiempo perdido en que Marcel Proust se sienta a diseccionar, con la precisión de un cirujano y el temblor de un hombre desvelado, lo que queda de nosotros cuando la persona amada desaparece para siempre.
Proust tenía una relación extraña con la pérdida: la necesitaba para ver con claridad. Solo cuando algo se va —una tarde, una voz, un rostro— el deseo se vuelve nítido, casi insoportablemente nítido. En este libro, esa paradoja alcanza su temperatura máxima. El narrador ya no puede perseguir a Albertine; ya no puede vigilarla, interrogarla ni retenerla. Y es precisamente entonces cuando la conoce de verdad, o cree conocerla, o descubre que nunca podrá saberlo con certeza. La ausencia se convierte en el más cruel de los microscopios.
Lo que hace única a esta novela dentro del ciclo —y dentro de la literatura entera— es su disposición a seguir el duelo hasta los rincones donde nadie quiere mirar. No el duelo noble y estático de los poemas funerarios, sino el duelo mezquino, celoso, vergonzoso: el que investiga, el que sospecha, el que descubre cosas que hubiera preferido ignorar. Proust sabía que el amor y el conocimiento son enemigos íntimos, y aquí lo demuestra página a página.
El estilo, naturalmente, es el de Proust: esas frases que se despliegan como mapas de territorios interiores, que abren un paréntesis y dentro abren otro, y cuando por fin cierran han cambiado el paisaje completo. Pero en La fugitiva esa sintaxis tiene una función emocional muy precisa: imita el trabajo de la mente que rumia, que vuelve, que no puede soltar. Leerlo es someterse voluntariamente a ese ritmo, y la recompensa es una forma de lucidez que la prosa rápida nunca podría ofrecer.
Vale la pena recordar que Proust murió en 1922 sin terminar de revisar los últimos volúmenes de su catedral novelística. La fugitiva llegó al mundo de manera póstuma, con todas las marcas de un texto que su autor aún estaba labrando. Hay en ello algo apropiado, casi poético: un libro sobre lo inacabado, sobre lo que se escapa, publicado él mismo de manera incompleta, como si la forma hubiera decidido honrar al fondo.
El lector de hoy encontrará aquí algo que ningún algoritmo de recomendaciones sabe clasificar: una inteligencia que no consuela, que no simplifica, que no promete redención fácil, pero que acompaña con una fidelidad absoluta. Proust no dice que el dolor pase; dice que el dolor transforma, que deja sedimentos, que esos sedimentos son, a su manera, una forma de conocimiento.
No es necesario haber leído los volúmenes anteriores para dejarse atrapar, aunque quien llegue desde el principio del ciclo encontrará aquí la resonancia de todo lo sembrado antes. Basta con haber querido a alguien y haber sentido cómo esa persona se volvía, de pronto, un enigma irresoluble.
Abra estas páginas con calma. Proust no es un autor al que se le pueda robar tiempo entre paradas de metro; es un autor al que hay que concederle la misma atención que él concede a cada matiz de la experiencia humana. A cambio, ofrece algo que muy pocos libros pueden prometer con honestidad: la sensación de haber sido, por fin, completamente comprendido.