Introducción
Un gesto mínimo desencadena una tragedia entera. Cuando el joven camarero François se inclina para servir y su rostro roza «la suave y perfumada ola» del cabello de la condesa Ostrowska, nace en él un amor absoluto, silencioso y sin esperanza. Es —escribe Zweig— «ese amor perruno, fiel y desinteresado», el que solo conocen «los muy jóvenes y los muy viejos»: «un amor sin reflexión, que no piensa, sino que solo sueña».
François nunca aspira a nada. Le basta alisar el mantel donde ella comerá, guardar como joyas los vasos que sus labios tocaron, beber su idioma «como se saborea un vino dulce». Su ternura es la de «esos pequeños servicios tanto más sublimes y sagrados cuanto más inadvertidos permanecen». Pero un día el portero anuncia que la condesa parte al amanecer, y el sueño choca «contra una orilla desconocida»: la realidad, que «es más fuerte y robusta que todos los sueños».
Zweig conduce el relato hacia un final desgarrador. François decide morir bajo el tren que se la lleva, arrasado por un solo pensamiento: «que moría por ella y que ella nunca lo sabría». Y sin embargo, en el vagón, entre flores marchitas, la condesa siente de pronto una angustia inexplicable y unas lágrimas que no comprende, mientras sobre el bosque brilla «una estrella solitaria». Un primer relato prodigioso sobre el amor que no se dice, la invisibilidad de los humildes y la misteriosa comunión de las almas.