Introducción
Hay libros que nacen de una deuda de amor. La esfinge de los hielos es uno de ellos. Julio Verne llevaba décadas leyendo a Edgar Allan Poe cuando decidió hacer algo que muy pocos escritores se atreven a intentar: continuar la única novela larga que el maestro estadounidense dejó inconclusa, aquella perturbadora Narración de Arthur Gordon Pym que termina en un abismo blanco y sin respuesta. No era un capricho ni un ejercicio de estilo. Era, en cierto modo, un acto de reverencia y también de audacia: tomar el hilo donde Poe lo había soltado y tirar de él hasta el fin del mundo.
El resultado, publicado en 1897, cuando Verne rondaba los setenta años, es una novela extraña dentro de su propia obra. No tiene la jovialidad de La vuelta al mundo en ochenta días ni la euforia tecnológica de Veinte mil leguas de viaje submarino. Aquí el tono es más oscuro, más lento, más deliberadamente inquietante. Como si el contacto con el universo de Poe hubiera teñido la prosa verniana de algo que no le era del todo propio, y que sin embargo le sentaba de manera sorprendente.
La historia arranca en las aguas australes, en ese Antártico que en el siglo XIX era todavía territorio de la imaginación pura, un espacio en blanco sobre los mapas donde los navegantes proyectaban sus miedos y sus fantasías. El protagonista, Jeorling, embarca hacia esas latitudes empujado en parte por la curiosidad y en parte por el rastro de un misterio antiguo: ¿qué ocurrió realmente con Arthur Gordon Pym? ¿Qué hay más allá del límite donde la novela de Poe se interrumpe?
Verne construye su respuesta con una precisión que es, a la vez, científica y poética. Los hielos no son aquí decorado: son personajes. Se mueven, amenazan, engañan, revelan. La geografía polar tiene en estas páginas una presencia casi física, y quien las lea en invierno, arropado, sentirá de todos modos algo parecido al frío.
Lo que hace singular a esta novela dentro del canon verniano es precisamente esa tensión entre dos mundos: el racionalismo del autor francés, su fe en la ciencia y la exploración metódica, y el irracionalismo gótico que heredó de Poe, ese gusto por lo inexplicable, por la frontera entre lo natural y lo que no tiene nombre. Verne no resuelve esa tensión; la habita. Y en esa incomodidad reside buena parte de su encanto.
Hay además algo conmovedor en la imagen de un escritor ya anciano regresando a la obra que lo marcó en su juventud para rendirle homenaje a su manera, con sus propias herramientas, en su propio idioma literario. La esfinge de los hielos es también, si se mira bien, una conversación entre dos formas de entender la aventura: la que busca explicaciones y la que sabe que algunas cosas están más allá de ellas.
No es la novela más célebre de Verne, y quizás por eso la sorpresa que depara es mayor. Llega sin el peso de las expectativas, sin la sombra de la fama excesiva, y se instala en la memoria con una imagen que cuesta olvidar: una figura blanca, inmóvil, colosal, erguida entre el hielo eterno. Una esfinge que no hace preguntas porque ella misma es la pregunta.
Abrir este libro es adentrarse en dos obras a la vez, en dos siglos, en dos temperamentos literarios que se encuentran en el lugar más inhóspito de la Tierra. Pocas veces la lectura ha sido tan buena excusa para perderse.