Introducción
En el paseo marítimo de Yalta, un hombre aburrido observa a una joven que camina sola con un perrito de Pomerania. Él es Dmitri Gúrov, un moscovita de mediana edad, casado sin amor y con larga experiencia en aventuras fugaces; ella, Anna, es tímida, provinciana, también casada. Gúrov la aborda como a tantas otras, convencido de que será un idilio de verano más y de que, al volver a casa, la olvidará. No sospecha que en esas pocas páginas Antón Chéjov va a contar cómo dos personas descubren, demasiado tarde, lo que es amar de verdad.
Hay un detalle que Chéjov maneja con una sutileza asombrosa: el perrito. Es lo que da pie al primer acercamiento —Gúrov llama al animal para trabar conversación— y luego, sin que nadie lo anuncie, desaparece del relato. Se esfuma, como se esfuman los pretextos cuando ya han cumplido su función, y su ausencia señala el momento en que aquello dejó de ser un juego. Toda la maestría del cuento cabe en gestos tan pequeños como ese.
Publicado en 1899, está considerado uno de los cuentos más perfectos jamás escritos. Y lo curioso es que en él no ocurre casi nada: un encuentro, una despedida, unos reencuentros clandestinos entre Yalta y Moscú. Chéjov renuncia al melodrama, a los grandes discursos, a las lágrimas fáciles; se limita a observar, con una ternura sin ilusiones, cómo dos adultos corrientes tropiezan con un sentimiento que no buscaban y que no sabrán adónde llevar.
Lo asombroso es la transformación de Gúrov. El seductor cínico que despreciaba a las mujeres regresa a Moscú seguro de olvidar a Anna como a las demás, y descubre, atónito, que no puede: su recuerdo lo persigue por las calles, en las reuniones, en la cama. Chéjov narra ese despertar interior con una economía prodigiosa —una imagen, un detalle cotidiano— y sin decir jamás lo que sus personajes sienten; nos deja adivinarlo, que es la forma más honda de mostrarlo.
Este cuento cambió la literatura. Antes de Chéjov, un relato debía tener una trama que se cerrara y una moraleja al final. Él enseñó a los escritores modernos que basta con capturar, con honestidad absoluta, un instante en que un alma cambia. Y se atrevió a terminar sin final: la historia se detiene justo cuando los amantes comprenden que lo más difícil está aún por llegar. Como escribió Nabokov, mientras la gente siga viva no hay conclusión posible para sus conflictos ni sus sueños; Chéjov fue el primero en tener el valor de dejarlo así.
Debajo de esa aparente sencillez late una compasión inmensa por dos personas atrapadas entre el deseo de vivir y las cadenas de sus matrimonios y su tiempo. Nadie ha retratado mejor la melancolía de las vidas a medias, ese abismo entre lo que sentimos y lo que nos atrevemos a vivir.
Chéjov escribió el cuento en Yalta, el balneario del mar Negro donde él mismo, enfermo de tuberculosis, pasaba sus últimos años sabiéndose sin mucho tiempo por delante. Quizá por eso late en cada línea una verdad tan desnuda sobre el amor que llega tarde.
Todo esto sucede en unas pocas páginas y sin apenas alzar la voz. Empieza por ese paseo en Yalta, por un hombre que se acerca a una desconocida creyendo que no le importa; para cuando el perrito desaparezca, ya no vas a poder soltar el libro.