Introducción
Un marido se despide de su mujer para emprender un viaje. Apenas ha salido por la puerta, la casa se convierte en otra cosa: entran un sacristán y un barbero, llega comida, suena la fiesta. La esposa y su criada esperaban esta ausencia con impaciencia. Lo que no esperaban es que el marido, por un contratiempo, regrese esa misma noche. Así se enciende la mecha de La cueva de Salamanca, uno de los entremeses más ingeniosos de Cervantes.
En medio del apuro aparece la pieza clave: un estudiante pobre y astuto que había pedido cobijo poco antes. Para salvar a la mujer —y de paso salvarse a sí mismo—, el estudiante hará creer al crédulo marido que domina las artes mágicas aprendidas en la legendaria cueva de Salamanca, capaz de invocar demonios que, casualmente, tienen mucho de humano.
Cervantes aprovecha una superstición muy viva en su época —la de la cueva salmantina donde supuestamente se enseñaba nigromancia— para construir una comedia de enredo perfecta. Todo encaja con precisión de relojería: el engaño, el susto, la ocurrencia salvadora y la credulidad del marido, que prefiere creer en demonios antes que en lo evidente.
La obra es una fiesta del ingenio y del ritmo. No hay moraleja solemne, sino el puro placer de ver cómo la astucia se impone al apuro y cómo la risa desactiva el conflicto. Es Cervantes divirtiéndose y divirtiendo, con esa mezcla de picardía y humanidad que lo caracteriza.
Breve, ágil y muy teatral, se entiende que sea, después de El retablo de las maravillas, el entremés más representado del autor. Basta un cuarto de hora para comprobar por qué el creador del Quijote fue también un maestro de la comedia breve.
Entra en la casa la noche del regreso inesperado y disfruta del ingenio del estudiante. Es una de las comedias más divertidas del Siglo de Oro.