Introducción
A veces basta una pregunta inocente para abrir la puerta del horror. Un viajero, de paso por un valle de los Pirineos, se detiene ante una vieja cruz de piedra al borde del camino y se dispone a santiguarse, como haría cualquiera. Su guía lo detiene, espantado: ante esa cruz no se reza. Intrigado, el forastero pide que le expliquen por qué, y así comienza La cruz del diablo.
Bécquer emplea aquí uno de sus recursos favoritos: la leyenda contada a un viajero, la historia que alguien jura verdadera y que hunde sus raíces en un pasado medieval de castillos y señores feudales. Ese marco, tan sencillo, envuelve al lector en la misma curiosidad temerosa que siente el protagonista, y prepara el terreno para lo que viene.
El relato evoca a un señor de la comarca cruel y despiadado, odiado por cuantos sufrían su tiranía. Pero el verdadero espanto no está en su vida, sino en lo que ocurre después: la sospecha de que la maldad puede ser tan tenaz que ni la muerte la detenga, y que un puñado de hierro vacío pueda seguir sembrando el terror por los caminos.
Es Bécquer en su vena más gótica y oscura. Aquí no hay amores imposibles ni idealismo doliente, sino diablo, hierro y noche cerrada: armaduras que se mueven solas, tormentas, un pueblo aterrado que busca desesperadamente librarse de un mal que parece invencible. El autor dosifica la información con astucia, dejando que la imaginación del lector complete lo más terrible.
Y, fiel a su estilo, reserva para el final una vuelta de tuerca cargada de sentido, que explica el temor de los aldeanos ante esa cruz y deja un regusto inquietante difícil de sacudirse. Nada es del todo tranquilizador en el mundo de estas leyendas.
Es una lectura breve, intensa y perfecta para los amantes del terror clásico, esa puerta por la que el Romanticismo español se asoma al abismo. Demuestra que Bécquer no solo sabía ser delicado, sino también profundamente tenebroso.
Detente, como el viajero, ante la cruz maldita del camino y pregunta su historia. Después entenderás por qué allí nadie se atreve a rezar.