Introducción
Un domingo de primavera, Georg Bendemann, joven comerciante próspero y a punto de casarse, termina una carta a un amigo de la infancia que malvive en Rusia. Duda si contarle su compromiso y su éxito; teme herirlo. Todo parece apacible. Entonces entra en la habitación de su anciano padre para comentárselo, y comienza uno de los descensos más vertiginosos de toda la literatura.
Porque el padre —al principio frágil, casi senil, al que Georg quiere acostar y arropar— se yergue de pronto en la cama, gigantesco y terrible, y lo acusa: de haber traicionado al amigo, de egoísmo, de haber querido «enterrarlo». Afirma conocer al amigo mejor que él, haber mantenido con él una correspondencia secreta. La realidad se disuelve; el hijo seguro de sí se encoge hasta la nada. Y el padre, erguido como un juez, pronuncia la sentencia: «Ahora te sentencio a morir ahogado».
Y Georg obedece. Sale corriendo de la casa, cruza hacia el río, se cuelga de la barandilla del puente y, con un último susurro —«Queridos padres, después de todo siempre os he querido»—, se deja caer. La historia se cierra con una frase de una frialdad inolvidable: «En ese momento, el tráfico sobre el puente era casi interminable». Escrita por Kafka de un tirón en una sola noche, «La condena» es su relato predilecto y una de las cumbres del siglo XX: una parábola sobre la culpa, la autoridad del padre y el juicio interior que se ejecuta a sí mismo.