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Portada de La comedia de las equivocaciones

William Shakespeare

La comedia de las equivocaciones

Hay obras que nacen de una pregunta tan simple que parece imposible que de ella surja algo memorable: ¿qué pasaría si dos pares de gemelos idénticos, separados al nacer, acabaran viviendo en la misma ciudad sin saberlo? Shakespeare se hizo esa pregunta hacia 1594, siendo todavía un dramaturgo joven que buscaba conquistar al público del Globe con la herramienta más antigua del teatro: la risa. Y de esa pregunta brotó La comedia de las equivocaciones, la obra más breve y trepidante de todo su cano
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Portada de La comedia de las equivocaciones
La comedia de las equivocaciones
William Shakespeare

Introducción

Hay obras que nacen de una pregunta tan simple que parece imposible que de ella surja algo memorable: ¿qué pasaría si dos pares de gemelos idénticos, separados al nacer, acabaran viviendo en la misma ciudad sin saberlo? Shakespeare se hizo esa pregunta hacia 1594, siendo todavía un dramaturgo joven que buscaba conquistar al público del Globe con la herramienta más antigua del teatro: la risa. Y de esa pregunta brotó La comedia de las equivocaciones, la obra más breve y trepidante de todo su canon, una máquina perfecta de confusión y júbilo que no ha perdido ni un gramo de su energía en cuatro siglos.

Shakespeare no inventó el argumento. Lo tomó prestado de Plauto, el comediógrafo romano que ya había explorado el enredo de los gemelos en sus Menaechmi. Pero donde Plauto tenía un par de hermanos, Shakespeare dobló la apuesta: dos pares de gemelos, dos amos y dos criados, todos con nombres casi iguales, todos moviéndose por las calles de Éfeso como piezas de un mecanismo de relojería enloquecido. El resultado no es imitación sino reinvención: una comedia que se ríe de sí misma, que sabe exactamente lo que está haciendo y que disfruta cada segundo del caos que genera.

Lo que sorprende al leerla hoy es la velocidad. La comedia de las equivocaciones no se detiene a explicarse ni a pedir disculpas por su artificio. Las puertas se abren y se cierran, los personajes se cruzan y se esquivan, los malentendidos se acumulan con una lógica interna tan rigurosa que resulta casi matemática. Shakespeare confía plenamente en su arquitectura, y esa confianza se transmite al lector como una corriente eléctrica.

Pero sería un error quedarse solo con la superficie del enredo. Debajo de la farsa hay algo más oscuro y más tierno: una familia rota buscando reunirse, un matrimonio al borde del abismo, la angustia de quien duda de su propia identidad cuando todos a su alrededor le tratan como si fuera otro. Shakespeare nunca pudo resistirse a colar melancolía en medio de la carcajada, y aquí lo hace con una delicadeza que solo se aprecia cuando uno deja de reírse un momento y mira con atención.

Éfeso, la ciudad donde transcurre la acción, no es un decorado neutro. Era para el público isabelino un lugar cargado de resonancias: ciudad de magia, de hechizos, de leyes extrañas y peligrosas. Esa atmósfera ligeramente inquietante da al enredo un sabor particular, como si la confusión no fuera solo accidental sino algo que la ciudad misma conspira para provocar.

Los personajes secundarios tienen una vida propia que va mucho más allá de su función mecánica en el enredo. La cocinera Adriana, que reclama con vehemencia los derechos de una esposa ignorada; su hermana Luciana, que le responde con argumentos que el propio Shakespeare parece cuestionar mientras los escribe; el mercader Egeo, cuya historia enmarca la obra con una gravedad inesperada: todos ellos recuerdan que incluso en la comedia más desenfadada, Shakespeare no puede evitar poblar el escenario de seres humanos reales.

Leer esta obra es entender de dónde venía Shakespeare antes de escribir Mucho ruido y pocas nueces o El sueño de una noche de verano. Es asistir al momento en que un joven dramaturgo descubre hasta dónde puede llegar la comedia cuando se la trata con la misma seriedad que la tragedia. Y es, sobre todo, pasar un rato extraordinariamente bueno con un texto que lleva siglos haciéndolo mismo: atrapar, confundir, emocionar y soltar al lector con una sonrisa que tarda en borrarse.

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Hay frases que atraviesan los siglos, revelan verdades profundas y muchas veces cambian vidas. Viven escondidas en las obras que han marcado la historia de la humanidad. Leer es minarlas: cuando encuentres una que de verdad lo sea, márcala; si es una gema, se publicará con tu nombre en la página del autor y del libro. También descubrirás las gemas que ha hallado la comunidad.

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