Introducción
Hay lugares en la literatura que no deberían existir. No porque estén mal escritos, sino porque están demasiado bien imaginados: ruinas que uno casi puede oler, piedras que casi se pueden tocar con la yema de los dedos, silencios que pesan como losas. La ciudad sin nombre es uno de esos lugares. Howard Phillips Lovecraft la escribió en 1921, y desde entonces nadie que la haya leído ha podido mirar un desierto árabe —ni ningún desierto— exactamente igual que antes.
Lovecraft tenía treinta y un años cuando compuso este relato breve, y ya llevaba dentro de sí la arquitectura completa de lo que más tarde llamaríamos los Mitos de Cthulhu. De hecho, esta historia es la primera vez que aparece en su obra la célebre invocación al árabe loco Abdul Alhazred, ese nombre que resuena como una campana rota en toda la mitología lovecraftiana. Leer «La ciudad sin nombre» es, en cierto modo, asistir a un nacimiento: el momento exacto en que un escritor descubre que ha encontrado su voz definitiva.
El relato sigue a un explorador solitario que se adentra en las arenas de Arabia en busca de unas ruinas antiquísimas, anteriores a cualquier civilización conocida. Hasta aquí, el argumento podría pertenecer a cientos de aventuras de su época. Pero Lovecraft hace algo distinto: no le interesa lo que el explorador encuentra, sino lo que ese hallazgo le hace. El horror aquí no es de sangre ni de monstruos visibles; es el horror de comprender que la historia humana es una nota al pie en un libro que no escribimos nosotros.
Esa es la gran apuesta de Lovecraft, y este cuento la formula con una economía y una precisión que sus obras posteriores, más ambiciosas, a veces pierden de vista. Aquí todo es concentración: pocas páginas, un solo personaje, una sola noche que se vuelve infinita. La brevedad no es limitación sino instrumento; cada frase aprieta un poco más el cerco.
Lo que hace única a esta historia dentro de su obra es también su desnudez. No hay todavía el aparato erudito de cartas, diarios y manuscritos que caracteriza sus relatos más conocidos. Solo hay una voz que avanza, que duda, que retrocede y que al final no puede sino seguir adelante. Hay algo profundamente humano en esa incapacidad de detenerse ante lo que nos aterra, y Lovecraft lo sabe y lo explota con una crueldad delicada.
Conviene recordar que este hombre escribió casi toda su vida desde Providence, Rhode Island, sin salir demasiado de su mundo inmediato, y sin embargo construyó geografías del miedo que parecen cartografiadas desde dentro. Sus desiertos no son los desiertos de los viajeros; son los desiertos de las pesadillas, que tienen su propia lógica y su propia gravedad.
Hoy, cuando la ciencia nos recuerda periódicamente cuán pequeños somos —un planeta minúsculo en un rincón olvidado de una galaxia entre miles de millones—, la angustia cósmica de Lovecraft suena menos a fantasía y más a intuición. Leerlo ya no requiere suspender la incredulidad. Requiere, más bien, el valor de no mirar demasiado fijo hacia la oscuridad que él señala.
Esta ciudad sin nombre lleva más de un siglo esperando en el desierto. Sigue ahí.