Introducción
Este es el relato que dio fama nacional a Mark Twain y una de las cumbres del humor estadounidense. El narrador, por encargo de un amigo, va a preguntar al viejo y bonachón Simon Wheeler por un tal Leonidas W. Smiley. Pero Wheeler, con imperturbable seriedad y sin sonreír jamás, lo acorrala y se lanza a una interminable reminiscencia sobre otro Smiley, Jim, el hombre más aficionado a las apuestas que jamás se haya visto.
Jim Smiley apostaba por cualquier cosa: carreras de caballos, peleas de perros, de gatos, de gallos, hasta por cuál de dos pájaros echaría a volar primero, o por la salud de la mujer del párroco. Tenía una yegua asmática que ganaba en el último suspiro y un cachorro bull, Andrew Jackson, invencible hasta que topó con un perro sin patas traseras. Pero su mayor orgullo era una rana a la que amaestró durante tres meses, Dan'l Webster, capaz de saltar más que ninguna otra del condado de Calaveras.
Un día, un forastero acepta la apuesta de Smiley sobre la rana; y mientras este va al pantano a buscarle otra rana al desconocido, el astuto extraño le llena a Dan'l la barriga de perdigones. Cuando llega el momento de saltar, la pobre rana no puede moverse, «plantada como un yunque», y el forastero se lleva los cuarenta dólares. «La célebre rana saltarina del distrito de Calaveras» (1865) es una obra maestra del cuento oral y del humor del Oeste: el arte de Twain brilla en la voz del narrador que cuenta lo más absurdo con la mayor gravedad.