Introducción
Hay una pregunta que Julio Verne se hizo antes que nadie con semejante seriedad literaria: ¿qué le haría la riqueza absoluta a la humanidad? No la riqueza ganada con esfuerzo, ni la heredada con culpa, sino la que cae del cielo —literalmente— sin que nadie la haya merecido ni pedido. Esa pregunta es el corazón secreto de La caza del meteoro, una de las últimas novelas que el escritor francés dejó casi terminada antes de morir, y que su hijo Michel preparó para la imprenta en 1908. Conocer ese origen no la disminuye; al contrario, le añade algo de testamento.
El punto de partida es de una simplicidad deslumbrante: un asteroide de oro macizo se aproxima a la Tierra. No es una amenaza de destrucción, no es un monstruo cósmico; es una fortuna inimaginable flotando en el espacio, y dos astrónomos rivales la descubren casi al mismo tiempo. Ahí Verne detiene el reloj y pregunta, con esa ironía afectuosa que le era tan característica: ¿y ahora qué?
Porque lo que sigue no es una aventura de cohetes ni un viaje interplanetario. Es algo más extraño y más humano. Es la comedia —a veces feroz— de cómo los hombres reaccionan ante una riqueza que excede toda medida. Verne entendía que el verdadero drama no estaba en el espacio, sino aquí abajo, en los despachos, en los periódicos, en las bolsas de valores, en los corazones que de pronto calculan lo que antes solo sentían.
Los dos astrónomos protagonistas son una pareja digna del mejor vodevil científico: vanidosos, obsesivos, incapaces de ceder el mérito al otro aunque el mundo entero se lo exija. Verne los dibuja con ternura y con filo. Son ridículos, sí, pero de ese ridículo que nos reconocemos: el amor propio disfrazado de vocación, la ambición que se cuenta a sí misma como pasión pura.
Lo que hace singular a esta novela dentro de la obra verniana es precisamente su tono. No hay aquí la épica del Nautilus ni la aventura muscular de La vuelta al mundo en ochenta días. Hay algo más cercano a la sátira social, casi volteriana, con un Verne que mira a sus contemporáneos —la Europa del capitalismo triunfante, la Belle Époque y sus certezas— y se permite la travesura de preguntarles: ¿de verdad saben lo que quieren?
La ciencia está, como siempre en Verne, tratada con respeto y con imaginación. Pero aquí sirve de palanca para una reflexión que trasciende la astronomía: ¿tiene sentido la riqueza sin escasez? ¿Qué vale el oro cuando hay demasiado? Son preguntas que el siglo XIX formuló torpemente y que el nuestro sigue sin responder del todo.
Leerla hoy produce una sensación curiosa: la de encontrar en un libro escrito hace más de un siglo una intuición que parece pensada para este momento, cuando hablamos de asteroides mineros, de fortunas que desafían la imaginación y de un planeta que no sabe muy bien qué hacer con su propia abundancia.
Verne tenía casi ochenta años cuando escribió estas páginas. La vista le fallaba, la gota lo martirizaba, y sin embargo el humor seguía intacto, la curiosidad seguía intacta. Eso también se nota al leer: hay en La caza del meteoro la ligereza serena de quien ya no necesita demostrar nada y puede, por fin, simplemente jugar. Ese juego es una invitación. Acéptela.