Introducción
Hay libros que se leen con los ojos abiertos y libros que solo se leen con los ojos cerrados. La búsqueda en sueños de la ignota Kadath pertenece, sin duda, a la segunda categoría: es una obra que sucede en ese territorio inestable que existe entre el pensamiento y el sueño, entre la vigilia y el abismo, y que pide al lector una entrega distinta a la habitual. No basta con seguir una trama. Hay que dejarse llevar.
Howard Phillips Lovecraft escribió este relato largo —casi una novela breve— en el invierno de 1926 y 1927, de un tirón febril, sin detenerse demasiado a corregir. Esa urgencia se nota. El texto tiene la textura de algo soñado de verdad: acumulativo, excesivo, lleno de imágenes que se apilan unas sobre otras como nubes antes de una tormenta. Lovecraft nunca lo publicó en vida; lo consideraba imperfecto. El tiempo, sin embargo, ha sido más generoso con él que su propio autor.
El protagonista es Randolph Carter, uno de los alter egos más transparentes que un escritor haya puesto jamás a caminar por sus páginas. Carter ha perdido algo: una ciudad de una belleza indescriptible que visitó en sueños y que, de pronto, le fue arrebatada. Movido por esa pérdida, decide ir a buscarla. Y para encontrarla debe descender —o ascender, según se mire— hasta Kadath, el lugar donde los dioses duermen y donde nadie, se dice, ha llegado jamás.
Lo que Lovecraft construye alrededor de esa búsqueda es uno de los ejercicios de imaginación geográfica más ambiciosos de la literatura fantástica del siglo XX. Hay ciudades que flotan, gatos que viajan entre dimensiones, mercaderes de sueños, dioses caprichosos y criaturas que no tienen nombre en ningún idioma conocido. Todo ello forma lo que el autor llamó el Dreamlands, un universo paralelo al de su célebre mitología de Cthulhu, pero radicalmente distinto en espíritu: donde aquella es oscura y nihilista, este es casi luminoso, casi maravilloso, casi un cuento de hadas escrito por alguien que teme que los cuentos de hadas sean verdad.
Esa tensión es, quizás, el secreto más hondo del libro. Lovecraft era un hombre que amaba la belleza con la misma intensidad con que temía el universo. Sus horrores más conocidos nacen de la convicción de que el cosmos es indiferente y vasto y terrible. Pero en este relato aparece otra cara: la de alguien que también sabe que la belleza existe, que puede perderse y que merece ser buscada aunque el precio sea enfrentarse a todo lo que da miedo.
El estilo es el de Lovecraft en estado puro: frases largas, adjetivos que se acumulan como olas, una prosa que algunos llaman barroca y otros llaman excesiva y que en realidad es simplemente suya, inconfundible, hipnótica cuando uno se rinde a ella. Leerlo exige cierta paciencia inicial, como entrar en un sueño que tarda unos minutos en volverse nítido. Pero cuando la nitidez llega, es difícil querer despertar.
Para el lector de hoy, acostumbrado a mundos de fantasía construidos con la precisión de un mapa militar, este libro ofrece algo diferente y más antiguo: un mundo que funciona con la lógica del deseo, donde los lugares existen porque alguien los ha soñado con suficiente intensidad. Hay en eso una idea que va mucho más allá de la literatura de género y que toca algo esencial sobre la imaginación humana y su relación con la pérdida.
Randolph Carter busca una ciudad. Pero en el fondo busca lo que buscan todos los que alguna vez han soñado algo hermoso y se han despertado con las manos vacías. Eso es lo que hace que este libro, escrito hace casi un siglo por un hombre solitario en Providence, Rhode Island, siga siendo tan extrañamente cercano. Ábralo cuando anochezca.