Introducción
Hay una melancolía particular en los sueños que no se rinden. No la melancolía del fracaso, sino la de quien sigue caminando hacia un horizonte que retrocede a cada paso, convencido de que la ciudad de su infancia —aquella de torres de ópalo y canciones que nadie más recuerda— existe en algún lugar del mundo, esperándole. Eso es, en esencia, lo que late en este relato breve y luminoso de Howard Phillips Lovecraft: no el horror que le hizo famoso, sino algo más antiguo y más hondo, casi un lamento.
Lovecraft escribió La búsqueda de Iranon en 1921, en plena juventud creativa, cuando todavía construía con entusiasmo ese territorio onírico que llamaría las Tierras del Sueño. Era un hombre que vivía hacia adentro con una intensidad casi enfermiza, que encontraba en la belleza clásica y en los mundos imaginados un refugio frente a una realidad que le resultaba, con frecuencia, insoportable. Esa tensión —entre el ideal y lo concreto, entre la memoria y el presente— impregna cada línea de este cuento como tinta en papel poroso.
El protagonista, Iranon, llega a cada ciudad cantando. Canta su origen, canta los jardines y las fuentes de Aira, la ciudad donde fue príncipe y niño feliz. Pide a los habitantes que le digan si conocen ese lugar, si han oído hablar de él. Y los habitantes, siempre, le miran con la indiferencia de quienes tienen hambre o frío o deudas. Hay algo profundamente humano en ese desencuentro: la belleza que no encuentra audiencia, el pasado que nadie más comparte, la soledad del que recuerda lo que los demás han olvidado —o nunca supieron.
Lo extraordinario es que Lovecraft construye todo esto sin cinismo. Iranon no es ridiculizado; su búsqueda no es presentada como locura sino como una forma de dignidad. El relato tiene la textura de un cuento de hadas envejecido, escrito con una prosa deliberadamente arcaica y musical, casi bíblica en su cadencia, que obliga al lector a ralentizar la lectura, a dejarse llevar por el ritmo antes que por la trama.
Precisamente ahí reside su singularidad dentro del catálogo lovecraftiano. Quien llega aquí buscando tentáculos y dioses cósmicos encontrará algo que quizá no esperaba: ternura. Una ternura extraña, crepuscular, pero ternura al fin. Lovecraft, el escritor que tanto insistió en el terror ante lo desconocido, era también capaz de escribir sobre el dolor de lo perdido con una delicadeza que desarma.
El cuento es breve —puede leerse en una sola sentada, en menos tiempo del que lleva preparar un café— pero su resonancia es desproporcionada a su extensión. Hay finales en la literatura que cambian el significado de todo lo anterior con una sola frase, y este es uno de ellos. No lo revelaremos aquí, pero sí diremos que cierra con una de esas verdades que duelen precisamente porque son verdades.
Leer a Lovecraft solo por sus monstruos es como escuchar a Schubert solo por sus notas más rápidas. La búsqueda de Iranon es la otra cara: el escritor que soñaba con mundos imposibles porque el mundo posible le parecía demasiado prosaico, demasiado cruel con quienes llevan la belleza como una carga. En ese sentido, Iranon no es solo un personaje: es una pregunta que el autor se hacía a sí mismo, y que tarde o temprano cada lector acaba haciéndose también.
Abra estas páginas con calma. Deje que la música extraña de su prosa le alcance. Y permítase, aunque sea por unos minutos, creer que Aira existe.