Introducción
Todo empieza con un capricho. María, la mujer más hermosa —y más caprichosa— de Toledo, ha puesto los ojos en algo que ahora desea con toda su alma: la ajorca de oro que ciñe el brazo de la imagen de la Virgen del Sagrario, en la catedral. No la quiere por su valor, sino por el simple placer del antojo, y porque sabe que Pedro, que la ama sin medida, sería capaz de cualquier cosa por complacerla.
La ajorca de oro nace de esa chispa mínima y peligrosa: un deseo pequeño puesto en la persona equivocada. Bécquer estudia con precisión de relojero cómo un amor rendido puede empujar a un hombre bueno hacia una línea que no debería cruzar, y cómo el capricho de otro se convierte en la propia condena.
El corazón del relato es la noche en la catedral. Pedro entra cuando el templo está desierto y oscuro, y allí lo espera lo que Bécquer sabía pintar como nadie: el silencio inmenso de las naves, el frío de la piedra y, sobre todo, la multitud de estatuas —santos, reyes, figuras de sepulcro— que parecen seguirlo con la mirada. El escenario deja de ser decorado para volverse una presencia viva y amenazante.
Sin necesidad de fantasmas explícitos, el autor construye un terror puramente sugerido: el que nace de sentirse observado por lo sagrado, de saberse intruso en un lugar que no perdona. Es el miedo religioso convertido en literatura, con esa prosa suya cargada de adjetivos precisos y de una musicalidad que aprieta el pecho.
Detrás asoma una moral antigua sobre la desmesura del deseo y el precio de la profanación, temas que Bécquer trabaja una y otra vez en sus leyendas. Pero lo que queda grabado no es la lección, sino la atmósfera: la sensación física de esa noche interminable entre imágenes que respiran.
Es una lectura breve, tensa y hermosísima, ideal para descubrir cómo el maestro del Romanticismo español lograba dar miedo con apenas una sombra y una mirada de piedra.
Entra con Pedro en la catedral a oscuras y comprueba hasta dónde puede llevar un capricho. Es Bécquer en uno de sus momentos más inquietantes.