Introducción
Todo el mundo recuerda a la abeja haragana. La creó Horacio Quiroga, el gran cuentista de la selva misionera, y desde entonces vuela por las escuelas de toda Hispanoamérica. Es la historia de una abeja que no quiere trabajar: revolotea de flor en flor, se bebe el néctar y no trae nada a la colmena, mientras sus hermanas se «matan trabajando».
Las abejas guardianas la advierten una y otra vez, hasta que una tarde fría le cierran la puerta con una frase implacable: «No hay mañana para las que no trabajan». Expulsada al frío, la haragana cae por un agujero a la guarida de una culebra que quiere comérsela. Y aquí el cuento se vuelve puro suspense: para salvarse, la abeja tendrá que ganarle un duelo de astucia a la serpiente.
Quiroga no moraliza con el dedo levantado: cuenta una aventura trepidante y deja que la lección brote sola, en las últimas palabras de la abeja moribunda: lo que la hace fuerte no es su inteligencia, sino el trabajo, y el esfuerzo de cada uno solo cobra sentido en «la felicidad de todos». Un clásico que se lee de un tirón y se recuerda para siempre.