Introducción
Con su inconfundible tono entre histórico y legendario, Washington Irving nos traslada a la Nueva York colonial (la antigua Nueva Ámsterdam), cuando la provincia era refugio de aventureros y bucaneros. Irving describe con humor y color aquel mundo: los piratas —«hienas del mar»— que vendían su botín a los astutos comerciantes de Manhattoes y escandalizaban la ciudad con sus juergas, hasta que sus excesos obligaron al gobierno a intervenir.
El relato traza entonces la semblanza del tristemente famoso Capitán Kidd, «un carácter equívoco», mitad comerciante, mitad contrabandista y pícaro redomado, a quien el propio gobierno —siguiendo el proverbio de que «lo mejor para deshacerse de un perro es echarle otro»— encargó dar caza a los piratas. Pero Kidd, en lugar de perseguirlos, se hizo pirata él mismo, saqueó por los mares de Oriente y tuvo la audacia de volver cargado de botín, hasta que fue arrestado, juzgado y ahorcado en Londres (dos veces, pues la primera cuerda se rompió, de donde nació la leyenda de su «vida encantada»).
La noticia de que Kidd había enterrado grandes tesoros antes de su arresto conmocionó a toda la costa y dio origen a una maraña de tradiciones y a la fiebre de los buscadores de tesoros. Irving enmarca todo ello en una escena deliciosa: unos pescadores dominicales que, al sacar del río una vieja pistola herrumbrosa, se ponen a fantasear sobre Kidd, y uno de ellos se dispone a contar la historia de un hombre que desenterró su tesoro. «Kidd el pirata» es un relato ameno y evocador sobre la piratería, la codicia y el nacimiento de las leyendas.