Introducción
Hay una pregunta que Shakespeare lleva cuatro siglos haciéndonos sin que nadie haya podido responderla del todo: ¿qué ocurre cuando un hombre bueno comete un acto terrible por las razones correctas? Julio César no es, en el fondo, una obra sobre Roma ni sobre el asesinato de un dictador. Es una obra sobre esa pregunta, y sobre el precio que se paga cuando la conciencia y la ambición se disfrazan la una de la otra hasta volverse indistinguibles.
Shakespeare escribió esta tragedia en torno a 1599, en un momento en que Isabel I envejecía sin heredero y toda Inglaterra especulaba, en voz baja y con miedo, sobre lo que vendría después. Elegir a César no fue un capricho erudito: fue hablar del presente usando el pasado como escudo. El público del Globe entendía perfectamente que aquellos senadores romanos con sus togas y sus puñales eran también sus contemporáneos, sus vecinos, sus gobernantes.
Lo que hace singular a esta obra dentro del propio Shakespeare es su frialdad calculada. No hay aquí el delirio lírico de Hamlet ni la oscuridad cósmica de Macbeth. Julio César tiene la temperatura del mármol: precisa, geométrica, casi cruel en su lucidez. Los personajes razonan en voz alta con una elocuencia que asusta, porque sus argumentos suenan siempre convincentes, incluso cuando son falsos, incluso cuando ellos mismos saben que lo son.
Bruto es quizás el personaje más desconcertante que Shakespeare creó jamás. No es un villano. Tampoco es exactamente un héroe. Es un hombre que se cree honesto y que, precisamente por eso, resulta más peligroso que cualquier conspirador movido por la envidia. Su tragedia no es la culpa: es la certeza. La certeza de quien actúa convencido de su propia rectitud y no advierte, hasta que ya es demasiado tarde, que la rectitud también puede ser una forma de ceguera.
Frente a él, Marco Antonio. Si Bruto es la razón, Antonio es algo más antiguo y más poderoso: la emoción convertida en arma. La escena en que Antonio habla ante el cadáver de César es uno de los momentos más extraordinarios de toda la literatura dramática occidental, no porque sea hermosa —aunque lo es—, sino porque demuestra, con una precisión aterradora, cómo las palabras pueden doblar la voluntad de una multitud sin mentir del todo.
Y César, el hombre que da título a la obra y muere en el tercer acto, es quizás el personaje más misterioso de todos. Está y no está. Su sombra lo llena todo incluso cuando ya no respira. Shakespeare entendió algo que los historiadores tardan siglos en aprender: que los grandes hombres no terminan cuando mueren, sino que empiezan entonces su vida más larga.
Leer Julio César hoy es enfrentarse a algo que no ha envejecido porque toca una materia que no envejece: el poder, la lealtad, la traición, y la facilidad con que los ideales se convierten en pretextos. Cada época que ha atravesado esta obra ha encontrado en ella su propio espejo, y la nuestra no será la excepción.
Lo que le espera en estas páginas no es historia antigua. Es una conversación sobre nosotros, con la única diferencia de que los interlocutores visten toga y hablan en verso. Ábralas con calma, y déjese sorprender por lo mucho que Roma se parece al mundo que usted conoce.