Introducción
Un simio se dirige a una docta academia para relatar cómo dejó de ser simio y se hizo hombre. Así arranca una de las parábolas más brillantes de Kafka. Rotpeter —el nombre se lo puso una cicatriz de bala— fue capturado en la Costa de Oro y encerrado en una jaula tan estrecha que no podía ni ponerse de pie. Y allí, sin salida por primera vez en su vida, tomó una decisión: no la de recuperar la libertad, sino la de encontrar, a cualquier precio, «una salida».
Esa distinción es el corazón del relato. «No, no quería libertad. Solo una salida», declara. Kafka, por su boca, desconfía del gran ideal humano: «entre los hombres, uno se engaña con demasiada frecuencia con la libertad»; los trapecistas que se creen libres en lo alto del circo le parecen la mayor burla. Rotpeter no aspira a lo sublime: solo quiere dejar de estar aplastado contra la pared del cajón. Y para lograrlo, imita: aprende a escupir, a fumar en pipa, a beber aguardiente, hasta que una noche, tras vaciar una botella, le brota un «¡Hola!» humano y salta «a la comunidad de los hombres».
El resto es adiestramiento feroz —«se aprende cuando se quiere una salida; se aprende sin miramientos»— hasta alcanzar, con ironía demoledora, «la formación media de un europeo». Leído como alegoría de la asimilación, de la domesticación, del precio de la civilización o de la condición del artista, «Informe para una academia» es una de las cumbres del relato del siglo XX: divertido, amargo e inagotable.