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Portada de Historia del Necronomicón

H. P. Lovecraft

Historia del Necronomicón

Hay libros que existen dentro de otros libros, y esa existencia interior puede volverse más real que cualquier volumen impreso. El Necronomicón es quizá el ejemplo más extraordinario de esta paradoja: una obra que Lovecraft inventó como simple detalle de atmósfera y que terminó convenciéndose a sí misma de ser verdadera, arrastrando en esa convicción a lectores, eruditos y farsantes durante casi un siglo. La Historia del Necronomicón es el texto en que su creador intentó poner orden en su propia
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Portada de Historia del Necronomicón
Historia del Necronomicón
H. P. Lovecraft

Introducción

Hay libros que existen dentro de otros libros, y esa existencia interior puede volverse más real que cualquier volumen impreso. El Necronomicón es quizá el ejemplo más extraordinario de esta paradoja: una obra que Lovecraft inventó como simple detalle de atmósfera y que terminó convenciéndose a sí misma de ser verdadera, arrastrando en esa convicción a lectores, eruditos y farsantes durante casi un siglo. La Historia del Necronomicón es el texto en que su creador intentó poner orden en su propia mentira magnífica.

Lovecraft escribió este breve documento —apenas unas páginas— no como un relato, sino como una nota académica, seca y precisa, trazando la genealogía apócrifa del libro maldito que había ido sembrando en sus ficciones. Fechas, traducciones, copias perdidas, bibliotecas que lo custodian bajo llave: todo redactado con la frialdad de un archivero que nunca parpadea. Y es exactamente esa frialdad lo que lo hace perturbador.

Porque Lovecraft entendió algo que pocos escritores de terror han comprendido con tanta lucidez: el miedo más duradero no viene de lo que se describe, sino de lo que se documenta. Un monstruo narrado es literatura; un monstruo catalogado, fechado y traducido al latín medieval empieza a parecerse peligrosamente a la historia.

Howard Phillips Lovecraft pasó casi toda su vida en Providence, Rhode Island, escribiendo en la oscuridad de madrugadas que le resultaban más habitables que los días. Era un hombre de salud frágil, economía precaria y erudición voraz, convencido de que el universo era indiferente a la humanidad de una manera que ninguna religión ni filosofía consoladora podía remediar. De esa convicción nació su mitología, y el Necronomicón fue su artefacto más perdurable: el libro que contiene lo que no debería saberse.

Lo fascinante de este texto en particular es que Lovecraft no lo escribió para publicarlo ni para impresionar a nadie. Lo escribió para sí mismo y para el pequeño círculo de amigos escritores con quienes compartía cartas y universos. Era, en cierto modo, sus apuntes de trabajo, la biblia interna de una ficción que había crecido más de lo previsto. Y sin embargo, o quizá por eso mismo, tiene una autoridad extraña, como si el autor creyera a medias en lo que estaba inventando.

Esa ambigüedad es el corazón del texto. ¿Dónde termina el juego literario y dónde empieza algo que su autor ya no controlaba del todo? Lovecraft pasó años respondiendo cartas de lectores que preguntaban, completamente en serio, dónde podían encontrar un ejemplar del Necronomicón. Él siempre respondía que era ficticio. Pero también seguía añadiendo detalles a su historia, precisando fechas, corrigiendo errores de ediciones anteriores de un libro que no existía.

Leer la Historia del Necronomicón hoy es asomarse a ese juego con los ojos abiertos, sabiendo que es una ficción y sintiéndola, de todas formas, como algo que podría no serlo. Es también leer a Lovecraft en su estado más desnudo: sin monstruos visibles, sin protagonistas que huyen despavoridos, solo la arquitectura fría de una mentira construida con amor de artesano.

Pocas páginas en la historia de la literatura fantástica han generado tanto a partir de tan poco. Este texto es la semilla, el plano original, el acta de nacimiento de uno de los objetos imaginarios más influyentes del siglo XX. Merece leerse despacio, como se leen las inscripciones en las piedras antiguas: con la sospecha de que alguien, en algún lugar, quiso que las encontraras.

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Cada gran obra esconde gemas del pensamiento

Hay frases que atraviesan los siglos, revelan verdades profundas y muchas veces cambian vidas. Viven escondidas en las obras que han marcado la historia de la humanidad. Leer es minarlas: cuando encuentres una que de verdad lo sea, márcala; si es una gema, se publicará con tu nombre en la página del autor y del libro. También descubrirás las gemas que ha hallado la comunidad.

No toda frase es una gema: una gema se sostiene sola, dice algo profundo y resuena en cualquiera.

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