Introducción
Hay un momento, en la infancia o quizá un poco después, en que uno descubre que el mundo es más grande de lo que cabía imaginar. Que más allá del horizonte conocido existieron hombres que se lanzaron al vacío con una brújula rota, un mapa en blanco y una obstinación que rozaba la locura. Julio Verne conocía ese momento mejor que nadie, y dedicó buena parte de su vida a recrearlo, a celebrarlo, a convertirlo en literatura. Pero este libro no es una novela: es algo, si cabe, más revelador. Es Verne mirando hacia atrás, hacia los viajeros reales que lo habían hechizado desde niño, y escribiendo sobre ellos con la misma pasión encendida con que otros escriben sobre sus héroes personales.
Publicada en la segunda mitad del siglo XIX, esta Historia de los grandes viajes y los grandes viajeros nació de una convicción sencilla y poderosa: que la exploración del planeta Tierra es una de las grandes epopeyas de la especie humana, y que sus protagonistas merecen ser recordados no como nombres en un atlas, sino como personas de carne y hueso que dudaron, sufrieron, se equivocaron y siguieron adelante. Verne los rescata del polvo académico y los devuelve a la vida.
Lo que sorprende al lector de hoy es comprobar que Verne no escribe como historiador que cataloga, sino como narrador que ve. Cada expedición tiene tensión, cada descubrimiento tiene el peso emocional de algo ganado a duras penas. Magallanes, Cook, Livingstone, los buscadores del paso del Noroeste, los cartógrafos del África interior: todos desfilan por estas páginas con una presencia casi novelesca, sin que Verne traicione ni un solo dato verificable. Es ese equilibrio —entre el rigor y el asombro— lo que hace del libro una obra inclasificable y, por eso mismo, perdurable.
Conviene recordar quién era Verne cuando lo escribió. No era todavía el anciano venerable de los retratos más conocidos, sino un escritor en plena ebullición creativa, construyendo simultáneamente sus Viajes extraordinarios y esta historia documentada de los viajes reales. Ambos proyectos se alimentaban mutuamente: las rutas de sus personajes ficticios estaban trazadas sobre mapas que él mismo había estudiado con devoción. Leer este libro es, entre otras cosas, asomarse al taller secreto de uno de los imaginadores más fértiles del siglo XIX.
Hay algo más, algo que pertenece al tiempo en que fue escrito y que hoy adquiere una resonancia inesperada. El siglo XIX creía, con una fe casi religiosa, en el progreso y en la exploración como formas del bien. Verne comparte esa fe, pero su mirada no es ingenua: en las páginas dedicadas a los encuentros entre exploradores y pueblos indígenas, en la descripción de las violencias que acompañaron a ciertos descubrimientos, hay una incomodidad que el autor no disimula del todo. Leerlo hoy obliga a pensar, y eso es siempre una señal de que un libro vale la pena.
La prosa de Verne tiene aquí una cadencia particular: más pausada que en sus novelas, más reflexiva, pero igualmente capaz de acelerarse cuando la historia lo exige. Hay párrafos que leen como despachos desde el frente, y otros que suenan a elegía por los que no volvieron. El libro entero vibra con una pregunta que Verne nunca formula directamente pero que late en cada página: ¿qué nos mueve a ir más allá de lo conocido, sabiendo que puede costarnos todo?
Esa pregunta no ha envejecido. Sigue siendo nuestra.