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Portada de Hecuba

Eurípides

Hecuba

Hay un momento en el teatro griego en que la tragedia deja de ser el relato de la caída de un héroe y se convierte en algo más perturbador: el retrato de una mujer que lo ha perdido todo y, aun así, encuentra en sí misma una fuerza que el mundo no puede quitarle. Ese momento tiene nombre: Hécuba. Eurípides escribió esta obra hacia el año 424 antes de nuestra era, en plena Guerra del Peloponeso, cuando Atenas conocía de primera mano lo que significaba ver arder ciudades y contar muertos.
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Portada de Hecuba
Hecuba
Eurípides

Introducción

Hay un momento en el teatro griego en que la tragedia deja de ser el relato de la caída de un héroe y se convierte en algo más perturbador: el retrato de una mujer que lo ha perdido todo y, aun así, encuentra en sí misma una fuerza que el mundo no puede quitarle. Ese momento tiene nombre: Hécuba.

Eurípides escribió esta obra hacia el año 424 antes de nuestra era, en plena Guerra del Peloponeso, cuando Atenas conocía de primera mano lo que significaba ver arder ciudades y contar muertos. No es casual que eligiera como protagonista a la reina de Troya vencida: una mujer que al comenzar la obra ya no tiene reino, ni esposo, ni casi hijos, y que sin embargo ocupa el centro del escenario con una presencia que aplasta. Los griegos sabían que Hécuba era el símbolo de la derrota absoluta. Eurípides decidió preguntarse qué ocurre dentro de esa derrota.

Lo que hace a esta tragedia singular entre todas las del teatro antiguo es su estructura anímica. No avanza hacia la catástrofe, como suele ocurrir en el género: empieza ya en ella. Hécuba es prisionera de los griegos, esclava en el campamento de los vencedores, y desde ese abismo la obra la lleva todavía más abajo, con una crueldad casi insoportable, antes de revelar algo inesperado: que el dolor extremo puede transformarse, y no siempre de manera noble. Eurípides no nos ofrece una mártir resignada. Nos ofrece algo mucho más verdadero e incómodo.

Ningún trágico griego incomodó tanto a su público como Eurípides. Aristófanes se burlaba de él. Sócrates, según se cuenta, era de los pocos que acudía al teatro cuando se representaban sus obras. La posteridad lo consagró como el más leído de los tres grandes tragediados, precisamente porque sus personajes piensan en voz alta, dudan, razonan y se contradicen como personas reales. Hécuba no es una figura alegórica: es una madre, una reina destronada, una anciana que razona con una lucidez aterradora sobre la justicia y la venganza.

La obra plantea preguntas que no han envejecido ni un día. ¿Qué le debemos a los muertos? ¿Tiene sentido hablar de honor entre quienes han ganado una guerra injusta? ¿Puede la víctima convertirse en verdugo sin perder nuestra simpatía, o precisamente conservándola? Eurípides no responde: construye una situación en la que cada respuesta posible resulta insatisfactoria, y esa incomodidad es exactamente su propósito.

Leer Hécuba hoy es también encontrarse con el origen de algo que reconocemos en la literatura moderna: el personaje que nos obliga a revisar nuestras certezas morales a medida que avanzamos. No porque sea malvado, sino porque es humano de una manera que duele.

El texto que tiene en sus manos es breve, como corresponde al teatro griego, pero su brevedad es engañosa. Cada intervención del coro, cada réplica de Hécuba ante los poderosos que deciden su destino, cada silencio que Eurípides construye entre los parlamentos, acumula una tensión que no se disipa al cerrar la última página. Se queda.

Abra, pues, esta tragedia como se abre una carta escrita hace veinticinco siglos por alguien que conocía muy bien lo que usted también conoce: que el mundo puede ser injusto, y que esa injusticia no nos deja iguales.

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