Introducción
Hay una pregunta que Julio Verne se hizo toda la vida con la obstinada alegría de un niño que no acepta que le digan «imposible»: ¿qué pasaría si…? Qué pasaría si un cohete llegara a la Luna, si un submarino cruzara los océanos más profundos, si la vuelta al mundo se completara en ochenta días. Pero en Héctor Servadac la pregunta es de una audacia que todavía hoy corta la respiración: ¿qué pasaría si un fragmento de la Tierra saliera despedido al espacio y sus habitantes, sin comerlo ni beberlo, se convirtieran en viajeros involuntarios del cosmos?
Publicada en 1877, esta novela ocupa un lugar extraño y fascinante en el catálogo verniano. No es la más célebre —ese honor pertenece a otras— pero es, quizá, la más delirante en el mejor sentido de la palabra: la que lleva la lógica científica hasta un extremo en que roza el sueño, la que mezcla la comedia de caracteres con la especulación astronómica más rigurosa que Verne podía permitirse en su época. El resultado es una obra inclasificable, mitad aventura espacial avant la lettre, mitad sátira de las vanidades humanas, entera en su capacidad de asombrar.
El protagonista que da título al libro es un capitán francés destinado en Argelia, hombre de temperamento vivo y cierta tendencia a la fanfarronería que el propio Verne parece mirar con ternura irónica. Cuando el cataclismo lo lanza al espacio junto a un puñado de supervivientes de lo más variopinto —un ordenanza fiel, un astrónomo pedante, comerciantes, soldados de distintas banderas— lo que emerge no es solo una historia de supervivencia, sino un pequeño teatro de la condición humana: cómo nos comportamos cuando las certezas más básicas, la gravedad, el calendario, el horizonte, dejan de ser fiables.
Verne construyó esta novela con una precisión que sus lectores contemporáneos encontraban casi hipnótica. Las órbitas, las temperaturas, las distancias al Sol: todo está calculado con la seriedad de quien consulta a los mejores astrónomos de su tiempo. Y sin embargo la narración respira, tiene humor, tiene momentos de una ternura inesperada. Esa tensión entre el rigor y la fantasía es la marca de la casa, pero aquí se lleva a un territorio donde la fantasía gana por goleada sin que el rigor se rinda.
Lo que hace singular a Héctor Servadac entre los Viajes extraordinarios es su escala. No se viaja a un lugar concreto y maravilloso: se viaja por el sistema solar entero, con el sistema solar como escenario. El espacio no es aquí un vacío amenazante sino una suerte de Mediterráneo celeste que Verne puebla de detalles, de luz, de temperatura, de una extraña belleza fría. Leerlo es entender por qué generaciones de ingenieros, astrónomos y escritores de ciencia ficción señalaron a Verne como el origen de todo.
Y hay algo más, algo que los lectores de hoy pueden sentir con especial nitidez: la novela habla de personas arrancadas de su mundo conocido que deben inventar una comunidad nueva con reglas propias, con conflictos propios, con la pregunta siempre abierta de si serán capaces de regresar o si ese fragmento errante acabará siendo, para bien o para mal, su único hogar. Pocas preguntas resuenan con más fuerza en nuestra época que esa.
Abrir este libro es aceptar una invitación a la perplejidad gozosa, al vértigo calculado, a reírse y maravillarse casi al mismo tiempo. Verne lleva décadas esperando en estas páginas, con la paciencia de quien sabe que su historia no caduca.