Introducción
Hay una casa donde los relojes se pararon hace años, a las nueve menos veinte, el día en que una novia fue abandonada ante el altar. En esa casa, entre telarañas, un vestido de boda amarillento y un pastel nupcial devorado por los ratones, vive la señorita Havisham, y allí crece Estella, la niña bellísima y cruel a la que un pobre huérfano llamado Pip amará, sin esperanza, durante toda su vida. Esa imagen inolvidable está en el corazón de Grandes esperanzas, una de las novelas más perfectas de Charles Dickens y una de las grandes historias de formación de toda la literatura.
La cuenta el propio Pip, ya adulto, recordando su vida desde la infancia. Criado «a mano» y sin cariño por su áspera hermana en la casa del bondadoso herrero Joe Gargery, en los brumosos marjales del sur de Inglaterra, Pip es un niño humilde cuyo destino parece escrito: heredar el yunque de Joe. Pero dos encuentros lo cambian todo. Primero, el terror de una tarde en el cementerio, cuando un presidiario fugado y hambriento lo obliga a robarle comida y una lima. Después, la llamada a la sombría mansión Satis, donde conoce a la señorita Havisham y a Estella, y donde por primera vez se avergüenza de sus manos toscas, de sus botas groseras, de ser «solo» el chico de un herrero.
Desde ese día, Pip arde con un deseo: dejar de ser un patán, convertirse en un caballero y hacerse digno de Estella. Y cuando un benefactor anónimo le concede de pronto una fortuna y «grandes esperanzas» para el futuro, cree ver cumplido su sueño. Marcha a Londres, aprende modales, se rodea de lujo… y, casi sin darse cuenta, empieza a avergonzarse de sus orígenes, de Joe, del hogar sencillo y bueno que lo crió. El dinero y la ambición lo van volviendo esnob e ingrato, mientras persigue a una Estella que ha sido educada expresamente para no tener corazón y romper el de los hombres.
La novela avanza entonces hacia una serie de revelaciones magistrales sobre el verdadero origen de la fortuna de Pip, la identidad de su benefactor y los secretos que unen a todos los personajes. Y con ellas llega el aprendizaje más doloroso y más valioso: que la nobleza no la dan el dinero ni los buenos modales, sino el corazón; que Joe, el herrero iletrado, era más caballero que muchos señores; y que las «grandes esperanzas» fundadas en la vanidad conducen a la desilusión, mientras que la gratitud, la lealtad y el amor humilde son lo único que de verdad importa.
Dickens escribió aquí una de sus obras más contenidas y perfectas, sin renunciar a su galería de personajes inolvidables: el fiel Joe, el terrible y conmovedor presidiario Magwitch, la espectral señorita Havisham, el enigmático abogado Jaggers. Y bajo la emoción y el suspense late su crítica de siempre a una sociedad obsesionada con el dinero y la apariencia, y su fe en la bondad de los sencillos.
Historia de amor no correspondido, novela de aprendizaje y examen de conciencia sobre lo que significa «ser alguien», Grandes esperanzas conmueve porque habla de algo que todos reconocemos: la tentación de renegar de lo que somos para parecer lo que creemos que deberíamos ser, y el largo camino de vuelta hacia lo que de verdad vale.