Introducción
Hay obras que revelan a un escritor por el lado menos esperado. Gil Braltar es una de ellas: un Julio Verne que ríe a carcajadas, que se permite la broma política sin disimulo, que cambia el telescopio por la caricatura y el submarino por una banda de monos. Quien llegue aquí buscando el Verne de las grandes máquinas y los océanos profundos encontrará algo distinto y, a su manera, igual de fascinante: un hombre que sabe que la mejor forma de decir ciertas verdades es disfrazarlas de disparate.
El escenario es el Peñón de Gibraltar, ese trozo de roca suspendido entre dos mares y dos continentes que lleva siglos siendo símbolo de poder, disputa y orgullo imperial. Verne lo elige con toda la intención del mundo. No hay lugar en el mapa europeo que concentre tanta carga simbólica en tan pocos kilómetros cuadrados, y precisamente por eso resulta el escenario perfecto para una farsa: porque cuando la solemnidad es excesiva, la sátira se vuelve inevitable.
El relato es breve, casi un fogonazo, pero en ese espacio reducido Verne mete más ironía de la que algunos autores logran en una novela entera. La historia gira en torno a un personaje que aspira a conquistar el Peñón con métodos que rayan en lo absurdo, y en esa absurdidad está precisamente el filo del texto. Verne no necesita ser cruel para ser crítico; le basta con llevar la lógica del poder hasta sus consecuencias más ridículas.
Lo que sorprende es la ligereza con que está escrito. No hay en estas páginas el peso enciclopédico que a veces acompaña a los grandes viajes verneianos. Aquí todo es ágil, casi travieso, con ese ritmo de quien cuenta un chiste largo sabiendo exactamente cuándo llega el remate. Verne conocía bien el género de la sátira política —era lector voraz y hombre de su tiempo— y en Gil Braltar lo practica con la soltura de quien no tiene nada que demostrar.
También hay algo entrañable en el hecho de que esta obrita haya vivido durante décadas en los márgenes de su obra, casi como un secreto entre lectores curiosos. Mientras Veinte mil leguas o La vuelta al mundo en ochenta días acaparaban la atención, este texto pequeño y pícaro esperaba a quienes se adentraran más allá de los títulos célebres. Esos lectores siempre han sido recompensados.
Porque Gil Braltar recuerda que la literatura de entretenimiento y la literatura con ideas no son territorios separados. Verne lo sabía mejor que nadie: sus mejores páginas siempre esconden una pregunta debajo de la aventura, una inquietud debajo del asombro. Aquí la pregunta es política, casi filosófica, y tiene que ver con quién decide que un pedazo de tierra pertenece a quién, y en nombre de qué razón.
El lector de hoy, que vive en un mundo donde las disputas territoriales siguen llenando titulares, encontrará en este relato una extraña familiaridad. No porque Verne fuera profeta —aunque a veces lo pareciera— sino porque escribió sobre algo que no cambia: la vanidad de quienes creen que la historia les pertenece.
Abrir estas páginas es concederse un placer doble: el de reírse y el de pensar. Pocas combinaciones resultan tan difíciles de lograr, y tan gratificantes cuando se consiguen.