Introducción
Hay obras que un autor escribe casi de pasada, sin grandes aspavientos, y que sin embargo revelan algo que sus novelas más célebres no siempre muestran: el placer puro de jugar con la literatura. Frritt-Flacc es eso. Un relato breve, casi travieso, que Julio Verne publicó en 1884 y que durante décadas quedó sepultado bajo el peso monumental de sus grandes viajes imaginarios. Quien solo conoce al Verne de los submarinos y los globos aerostáticos se llevará aquí una sorpresa deliciosa.
El título mismo es ya una declaración de intenciones. Frritt-Flacc no significa nada en ningún idioma: es onomatopeya pura, el sonido de algo que cae, que golpea, que irrumpe. Verne lo eligió con la misma precisión con que un músico elige una nota disonante para despertar al oyente. Desde esa primera palabra, el lector sabe que está ante algo distinto, algo que no obedece del todo a las reglas habituales.
El relato pertenece a ese territorio fronterizo que los franceses del siglo XIX frecuentaban con naturalidad: entre el cuento fantástico, la fábula moral y la sátira social. Verne, que pasó su vida entera construyendo máquinas narrativas de precisión milimétrica, se permite aquí una libertad casi caprichosa. La historia transcurre en una isla azotada por una tormenta feroz, con un médico avaro, una noche sin piedad y una lógica que tiene más de cuento de hadas oscuro que de novela de ciencia.
Lo que hace singular a este texto dentro de la obra verniana es precisamente esa voluntad de abandonar la épica. No hay héroes que conquisten el horizonte ni inventos que transformen el mundo. Hay, en cambio, una pequeña comunidad humana enfrentada a sus propias mezquindades, y una tormenta que actúa casi como personaje, como juez implacable que no distingue entre el trueno y la conciencia.
Verne tenía cincuenta y seis años cuando escribió este cuento. Llevaba décadas siendo el escritor más leído de Francia, quizás del mundo. Podría haberse limitado a repetir fórmulas. En lugar de eso, escribió esto: una historia que cabe en pocas páginas y que, sin embargo, pesa como una piedra lanzada a un lago tranquilo. Las ondas se expanden mucho después de terminar la lectura.
Hay en Frritt-Flacc una crueldad serena que sorprende viniendo de un autor asociado al optimismo tecnológico y la aventura juvenil. Verne conocía bien la condición humana, y en sus textos más íntimos no la embellecía. Este relato es uno de esos momentos de honestidad literaria en que el escritor se quita la máscara del entretenimiento y muestra algo más incómodo, más verdadero.
Leerlo hoy produce una extraña familiaridad. Las tormentas siguen cayendo sobre los que no pueden escapar de ellas. Los que tienen el poder de ayudar siguen calculando el precio antes de abrir la puerta. Y la noche, cuando es suficientemente oscura, sigue siendo un espejo implacable.
Este es un Verne que muchos no conocen y que, una vez descubierto, resulta imposible olvidar. Pocas páginas, sí. Pero de esas pocas páginas que demuestran que la brevedad, cuando está bien usada, no es una limitación sino una forma de precisión. Ábralo, pues, sin prisa. Déjese mojar por esa tormenta.