Introducción
Hay hombres que la historia preferiría olvidar. No porque fueran insignificantes, sino precisamente porque fueron demasiado eficaces, demasiado fríos, demasiado capaces de sobrevivir a todo. Joseph Fouché es uno de ellos: ministro de policía bajo el Terror, bajo el Directorio, bajo Napoleón, bajo la Restauración borbónica. Cada régimen que creyó usarlo acabó descubriendo, tarde, que era él quien los usaba a ellos. Stefan Zweig lo sabía, y en lugar de apartar la vista, acercó la lupa.
Lo que Zweig construye aquí no es exactamente una biografía en el sentido académico del término. Es algo más inquietante: un retrato psicológico tan minucioso y tan apasionado que el lector termina sintiéndose cómplice. Porque Zweig escribe sobre Fouché con la misma mezcla de fascinación y repulsión con que uno observa a una araña en el centro de su tela, sin poder desviar los ojos. Su prosa —elegante, nerviosa, capaz de acelerar y detenerse en el momento exacto— convierte la historia política en algo que late como una novela.
Fouché no era un héroe. Zweig no pretende que lo sea. Era un hombre sin convicciones fijas, sin lealtades permanentes, sin el menor rastro de lo que solemos llamar grandeza moral. Y sin embargo —y aquí está el escándalo que el libro plantea en silencio— sobrevivió a todos los que sí las tenían. A los idealistas los guillotinaron. A los valientes los desterraron. A los honestos los arruinaron. Fouché siguió ahí, cambiando de chaqueta con una elegancia que casi resulta admirable, sirviendo al poder de turno con la misma devoción con que un buen relojero sirve a cualquier reloj que le pongan delante.
Zweig escribe desde una Europa que en 1929, cuando publica este libro, empieza a sentir de nuevo el peso de los hombres sin escrúpulos en el poder. No lo dice abiertamente —no hace falta—, pero la elección de Fouché como sujeto tiene algo de advertencia cifrada, de parábola sobre lo que ocurre cuando la inteligencia se divorcia por completo de la ética. El libro habla del pasado con la urgencia del presente.
Hay una escena —no la única, pero sí la más reveladora— en que Fouché se enfrenta a Napoleón en el momento en que el emperador parece invencible, y Fouché ya está preparando su caída. Zweig la narra con una contención que hace aún más visible el abismo entre los dos hombres: uno construido de fuego y voluntad, el otro de paciencia y cálculo. No es difícil adivinar quién sobrevivió más tiempo.
Leer a Zweig es siempre un placer físico: sus frases tienen ritmo, sus transiciones son invisibles, su capacidad para condensar años en un párrafo y detenerse horas en un instante es la de un maestro del tempo narrativo. Pero en Fouché ese talento está al servicio de algo que va más allá del entretenimiento. Está al servicio de una pregunta que el libro se niega a responder por nosotros: ¿qué precio tiene la supervivencia cuando se compra con la renuncia a todo lo demás?
No es una pregunta cómoda. Tampoco lo es este libro. Y esa es, exactamente, la razón por la que merece ser leído.