Introducción
¿Cómo se comporta un hombre sabio en las últimas horas de su vida, sabiendo con exactitud que va a morir esa misma tarde? La respuesta a esa pregunta es una de las escenas más grandiosas que ha dado la humanidad, y Platón la conservó para siempre en el Fedón: Sócrates, condenado a muerte, dedica su último día no a lamentarse ni a temer, sino a conversar tranquilamente con sus amigos sobre lo que le espera. El tema, naturalmente, es la muerte y la inmortalidad del alma.
La escena la narra Fedón, uno de los discípulos que estuvo presente, a otro amigo que no pudo asistir. Nos lleva a la celda donde Sócrates, ya sin cadenas, rodeado de los suyos —Simmias, Cebes, Critón—, aguarda con serenidad el momento de beber la cicuta. Y en lugar de despedirse entre lágrimas, propone lo más socrático posible: examinar juntos, con calma y con rigor, si hay razones para temer la muerte o no.
Su tesis desconcierta y consuela a la vez. El verdadero filósofo, dice Sócrates, no solo no teme la muerte, sino que en cierto modo la ha estado buscando toda la vida. Porque ¿qué es filosofar sino tratar de liberar el alma de las trampas del cuerpo —los deseos, los sentidos, las distracciones— para alcanzar la verdad? Y ¿qué es la muerte sino, precisamente, esa liberación definitiva, «la separación del alma y del cuerpo»? Por eso afirma, con una frase que ha resonado a través de los siglos, que «los verdaderos filósofos se ejercitan para la muerte», y que esta no les resulta en modo alguno terrible.
El corazón del diálogo son los argumentos con que Sócrates trata de demostrar que el alma no muere con el cuerpo, sino que es inmortal e imperecedera: el ciclo eterno de los contrarios, el recuerdo de un saber anterior al nacimiento, la afinidad del alma con lo eterno e invisible. No importa tanto si esos razonamientos nos convencen del todo —Platón mismo deja que los amigos objeten y duden— como la actitud que revelan: la de quien busca la verdad hasta el último instante y afronta lo desconocido con la mente despierta y el ánimo en paz.
Y entonces llega el final, narrado con una sobriedad que corta el aliento. Sócrates se baña, se despide de su familia, consuela a sus amigos deshechos en llanto —es él quien los anima a ellos—, y bebe el veneno sin que le tiemble la mano. Sus últimas palabras, enigmáticas y serenas, piden que ofrezcan en su nombre un gallo a Asclepio, el dios de la medicina: como si la muerte, lejos de ser un mal, lo hubiera por fin curado de todos los males de la vida.
Junto con la Apología y el Critón, el Fedón completa el gran relato de la muerte de Sócrates, uno de los momentos fundadores de la civilización occidental. Se lee como filosofía y como literatura, como argumento y como despedida. Y deja, más allá de toda doctrina, una lección que no caduca: que la manera de morir de un hombre puede ser la última y más alta expresión de su manera de vivir.