Introducción
Hay escritores que habitan dos mundos al mismo tiempo y no se disculpan por ello. Charles Lutwidge Dodgson era matemático, lógico, diácono anglicano, fotógrafo meticuloso; Lewis Carroll era el hombre que se colaba por el espejo y volvía con los bolsillos llenos de absurdo. Fantasmagoria es, quizás, el libro donde esas dos mitades se sientan juntas a la misma mesa y se ríen la una de la otra.
El poema que da título a la colección presenta a un fantasma novato —torpe, burocrático, ligeramente indignado— que viene a aterrorizar a un hombre y acaba discutiendo con él sobre los reglamentos sindicales de los espectros. Carroll toma el género gótico, ese edificio tan solemne levantado por el romanticismo, y lo convierte en una farsa de modales. El miedo no desaparece: se transforma en algo más inquietante todavía, que es la risa.
Publicada en 1869, cuatro años después de Alicia en el País de las Maravillas, esta colección de poemas llegó cuando Carroll ya era famoso y podía permitirse el lujo de ser completamente él mismo. No hay aquí ninguna concesión al gusto mayoritario, ninguna historia que avance hacia una moraleja reconfortante. Hay juegos de palabras que funcionan como trampillas, estrofas que imitan formas clásicas solo para subvertirlas desde dentro, y una inteligencia que nunca deja de observarse a sí misma con cierta ironía.
Lo que hace singular a Carroll entre los humoristas de su época es que su comicidad no viene del ingenio fácil sino de la lógica llevada hasta sus últimas consecuencias. Sus fantasmas tienen derechos laborales porque, si existieran, los tendrían. Sus personajes discuten con la precisión de un silogismo y llegan a conclusiones que son, al mismo tiempo, perfectamente coherentes y completamente delirantes. Leerlo exige —y recompensa— cierta disposición a seguir el argumento hasta el precipicio.
Pero sería un error reducir Fantasmagoria a un ejercicio intelectual. Hay en estos poemas una ternura extraña, casi melancólica, que asoma entre las bromas. Carroll sabía que el sinsentido es una forma de hablar sobre el sentido, que reírse de las reglas es una manera de tomarlas muy en serio, y que los fantasmas —los de verdad, los que cada uno carga— no se exorcizan con lógica sino, tal vez, con humor.
La colección incluye piezas de muy distinto carácter: poemas líricos, parodias de baladas, experimentos métricos, pequeñas comedias en verso. Esa variedad no es dispersión; es el retrato de una mente que no puede quedarse quieta, que encuentra en la forma poética no un molde sino un campo de pruebas. Cada poema parece preguntarse qué puede hacerse con este instrumento que todavía no se ha hecho.
Quien llega a Carroll después de Alicia descubrirá aquí algo diferente y complementario: la misma inteligencia, pero más desnuda, sin la coartada del cuento infantil. Y quien llega sin haber leído nada suyo se encontrará ante una voz que no se parece a ninguna otra en la literatura victoriana, ni probablemente en ninguna otra época.
Abrir Fantasmagoria es aceptar una invitación a pensar de otro modo, a seguir la lógica hasta donde se vuelve poesía y la poesía hasta donde se vuelve juego. Carroll espera al otro lado, con esa sonrisa que, como la del Gato de Cheshire, persiste mucho después de que el resto haya desaparecido.