Introducción
El agrimensor Gleb Smirnov tiene que cruzar de noche una llanura solitaria y helada en el destartalado carro de un campesino silencioso y de aspecto sombrío llamado Klim. Y el miedo empieza a trabajarle la imaginación: aquellas espaldas anchas, aquellas miradas de reojo… ¿y si Klim es un bandido que planea asaltarlo en el bosque?
Para adelantarse al peligro, Smirnov exagera la nota: le suelta a Klim que va armado con «tres revólveres», que tiene una fuerza de toro, que ha derrotado él solo a bandas enteras, que cuatro camaradas armados los siguen de cerca. Pero cuanto más fanfarronea para intimidar, más se asusta el pobre Klim, hasta que —convencido de que su pasajero es un loco peligroso— se arroja del carro y huye a cuatro patas al bosque, gritando «¡Socorro!».
Y ahí queda el agrimensor: solo, perdido, sin saber el camino, obligado a pasarse dos horas rogando a gritos que vuelva el campesino al que había querido intimidar. El desenlace es puro Chéjov cómico: cuando por fin reanudan la marcha, «ni el camino ni Klim le parecían ya peligrosos». Una fábula deliciosa sobre cómo el miedo, exagerado, se vuelve ridículo y contraproducente.