Introducción
Hay preguntas que no envejecen. No porque sean eternas en sentido abstracto, sino porque cada ser humano que llega a cierta edad —o a cierta herida, o a cierta encrucijada— las formula de nuevo desde cero, como si nadie las hubiera pensado antes. ¿Qué significa vivir bien? ¿Qué es lo que, en el fondo, queremos cuando queremos algo? Aristóteles las formuló hace veinticuatro siglos con una precisión que todavía corta, y la Ética a Nicómaco es el resultado de ese esfuerzo: no un catálogo de mandamientos ni una lista de virtudes para colgar en la pared, sino un intento sostenido, riguroso y sorprendentemente humano de pensar la vida buena desde dentro.
El título puede despistar. Nicómaco era el nombre del hijo de Aristóteles —y también el de su padre—, y aunque nadie sabe con certeza si el filósofo dedicó estas lecciones a uno o al otro, o si fue el propio Nicómaco quien las editó tras la muerte de su padre, ese detalle familiar dice algo importante: este no es un texto escrito para la posteridad desde una torre de marfil. Hay en él la calidez de alguien que piensa en voz alta ante personas concretas, que se pregunta cómo deben vivir los hombres que conoce, que habitan ciudades reales, que se alegran y sufren, que buscan la amistad y temen la muerte.
Aristóteles parte de una idea aparentemente sencilla: todo lo que hacemos lo hacemos persiguiendo algún bien. Pero esa sencillez es una trampa deliciosa, porque enseguida surge la pregunta de si hay un bien último, uno que no sea medio para ningún otro, y si ese bien tiene nombre. Aristóteles lo llama eudaimonía, palabra que los traductores han vertido como «felicidad» o «florecimiento» o «dicha», y que ninguna de esas versiones captura del todo. Eso solo ya justifica leerlo: hay conceptos que solo existen plenamente en el original, y acercarse a ellos es ampliar el vocabulario con el que uno se entiende a sí mismo.
Lo que distingue a este libro de tantos tratados morales es que Aristóteles no predica. Observa. Su método se parece más al de un naturalista que al de un profeta: estudia cómo viven los seres humanos, qué los hace prosperar, qué los destruye, y de esa observación extrae principios. Las virtudes no son imposiciones externas sino hábitos que se cultivan, disposiciones del carácter que se forjan con la práctica, igual que un músico afina su oído tocando. Esa idea —que somos, en buena medida, lo que repetidamente hacemos— tiene una vigencia que ningún siglo ha logrado desmentir.
Hay además en estas páginas una teoría de la amistad que figura entre las más bellas que se han escrito, una reflexión sobre el placer que no cae ni en el puritanismo ni en la indulgencia, y una meditación sobre la justicia que los filósofos políticos siguen citando. Aristóteles no resuelve todos los problemas que plantea —a veces los deja abiertos con una honestidad que desconcierta—, pero esa honestidad es parte de su grandeza.
Leer la Ética a Nicómaco no es recibir respuestas. Es aprender a hacer mejores preguntas sobre la única materia que, en última instancia, nos importa de verdad: cómo gastar bien el tiempo que tenemos.