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Portada de Escuela de robinsones

Julio Verne

Escuela de robinsones

Hay libros que uno abre con la certeza de que va a pasarlo bien, y esa certeza no defrauda. Escuela de robinsones es uno de ellos: una novela en la que Julio Verne se permite reír, guiñar el ojo al lector y disfrutar del propio género que él mismo había contribuido a construir. No es la obra más célebre de su catálogo, ni pretende serlo.
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Portada de Escuela de robinsones
Escuela de robinsones
Julio Verne

Introducción

Hay libros que uno abre con la certeza de que va a pasarlo bien, y esa certeza no defrauda. Escuela de robinsones es uno de ellos: una novela en la que Julio Verne se permite reír, guiñar el ojo al lector y disfrutar del propio género que él mismo había contribuido a construir. No es la obra más célebre de su catálogo, ni pretende serlo. Es algo más raro y más valioso: un Verne en estado de gracia cómica, jugando con sus propias convenciones como un prestidigitador que decide, por una noche, explicar el truco.

La premisa arranca de una idea que en el siglo XIX tenía mucho de moda y de mito: el naufragio voluntario, la isla desierta como escuela de carácter, el hombre civilizado que se forja de nuevo entre la naturaleza. Desde Robinson Crusoe hasta El señor de los moscardones, la literatura ha vuelto una y otra vez a esa fantasía de empezar desde cero. Verne la conocía mejor que nadie, la había frecuentado con seriedad, y precisamente por eso podía ahora tomársela con humor.

El resultado es una aventura que se lee con una sonrisa instalada en la cara. El protagonista es un millonario americano —ese tipo humano que Verne observaba con fascinación y con cierta ironía transatlántica— dispuesto a comprar literalmente una experiencia de náufrago. La isla, el peligro, la supervivencia: todo encargado como si fuera un servicio de lujo. Que las cosas no salgan exactamente según el catálogo es, naturalmente, donde empieza la novela de verdad.

Verne tenía en 1882, cuando publicó este libro, una relación larga y fructífera con la aventura. Había mandado a sus personajes al centro de la Tierra, a la Luna, al fondo del mar. Sabía exactamente qué botones apretar para que el lector sintiera tensión, asombro, vértigo. Y sabía también, con la seguridad del maestro, cuándo podía permitirse no apretarlos, cuándo la carcajada era más honesta que el suspense.

Eso convierte a Escuela de robinsones en una lectura peculiarmente liberadora. No hay aquí la grandiosidad de Veinte mil leguas de viaje submarino ni la angustia sostenida de La isla misteriosa. Hay algo distinto: ligereza con inteligencia, aventura con autoconciencia, un autor que se divierte y contagia esa diversión página a página.

El paisaje, con todo, sigue siendo verniano en el mejor sentido. La naturaleza aparece descrita con esa precisión encantadora que hacía de sus novelas una especie de enciclopedia disfrazada de entretenimiento. Los animales, las plantas, la geografía: todo está ahí, exacto y vívido, pero al servicio de una historia que no se toma a sí misma demasiado en serio.

Hay algo profundamente moderno en ese gesto. Vivimos en una época saturada de experiencias diseñadas, de aventuras de paquete, de naturaleza administrada para consumo urbano. La sátira que Verne apuntaba con suavidad en 1882 tiene hoy un filo que él no podía prever del todo, y que el lector contemporáneo reconocerá con una mezcla de risa y reconocimiento incómodo.

Leer este libro es recordar que la literatura de aventuras no tiene por qué elegir entre emocionarte y hacerte pensar, entre llevarte lejos y devolverte a ti mismo. Verne, en sus mejores momentos, hacía las dos cosas a la vez. Aquí, además, lo hace riéndose. Y pocas invitaciones son más irresistibles que la de alguien que ríe de verdad.

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Cada gran obra esconde gemas del pensamiento

Hay frases que atraviesan los siglos, revelan verdades profundas y muchas veces cambian vidas. Viven escondidas en las obras que han marcado la historia de la humanidad. Leer es minarlas: cuando encuentres una que de verdad lo sea, márcala; si es una gema, se publicará con tu nombre en la página del autor y del libro. También descubrirás las gemas que ha hallado la comunidad.

No toda frase es una gema: una gema se sostiene sola, dice algo profundo y resuena en cualquiera.

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