Introducción
Hay libros que no se leen: se respiran. Nature, publicado por Ralph Waldo Emerson en 1836, es uno de ellos. Cuando aquel joven predicador de Boston —que acababa de abandonar su cargo en la iglesia por no poder, en conciencia, administrar la comunión— se sentó a escribir sobre los árboles, el cielo y el silencio de los campos de Nueva Inglaterra, no estaba componiendo un tratado de botánica ni un diario de excursiones. Estaba intentando algo mucho más ambicioso y más extraño: demostrar que el alma humana y el mundo natural son, en el fondo, la misma cosa.
Emerson tenía treinta y tres años y cargaba con varios duelos recientes —el de su primera esposa, el de su hermano, el de ciertas certezas religiosas— cuando escribió estas páginas. Quizás por eso su prosa tiene esa cualidad peculiar de quien habla desde una herida que ya no sangra pero que todavía enseña. No hay amargura, sino una especie de asombro reconquistado. El libro entero parece escrito en el instante exacto en que alguien, después de mucho dolor, vuelve a mirar el cielo y descubre que sigue ahí.
Lo que hace singular este ensayo entre todos los textos del siglo XIX es su negativa a separar lo que la tradición occidental había mantenido separado durante siglos: la razón y la intuición, la ciencia y la mística, el individuo y el universo. Emerson no elige entre Platón y Newton; los convoca a la misma mesa y les sirve el mismo té. El resultado es una filosofía que no se parece a ninguna filosofía, escrita en una prosa que no se parece a ninguna prosa: aforística, musical, a veces oscura como un relámpago que ilumina demasiado rápido.
Los discursos que acompañan al ensayo en este volumen amplían y profundizan ese mismo impulso. En ellos Emerson habla a estudiantes, a intelectuales, a ciudadanos comunes, siempre con la misma convicción: que cada persona lleva dentro una capacidad de comprensión directa del mundo que ninguna institución —ni la universidad, ni la iglesia, ni el Estado— puede otorgar ni arrebatar. Esa idea, formulada con una elegancia que nunca se vuelve arrogancia, fue dinamita pura en su momento.
Porque conviene recordar que la América de 1836 era todavía una nación culturalmente insegura, que miraba a Europa como quien mira a un padre severo. Emerson le dijo a esa nación —y, de paso, a toda la tradición occidental— que ya era hora de confiar en la propia experiencia. Que el bosque de detrás de casa valía tanto como el Partenón. Que pensar por uno mismo no era arrogancia sino obligación.
De aquella semilla brotaron Thoreau, Whitman, Emily Dickinson y, en cadena, buena parte de lo que hoy llamamos literatura norteamericana. Pero la influencia de Emerson no se detiene en las fronteras de ningún continente ni de ningún siglo. Su manera de leer la naturaleza como un lenguaje, de tratar cada experiencia cotidiana como una puerta hacia algo más vasto, resuena con una urgencia particular en un tiempo como el nuestro, en que hemos vuelto a preguntarnos, con cierta angustia, qué lugar ocupamos dentro del mundo natural.
Leer a Emerson exige algo que él mismo habría aplaudido: abandonar la prisa. Su escritura no avanza en línea recta; gira en espiral, regresa sobre sí misma, ilumina el mismo punto desde ángulos distintos hasta que de pronto algo encaja y uno siente, con una mezcla de sorpresa y reconocimiento, que ya sabía eso —solo que no lo había pensado todavía.
Ese momento, el de pensar por primera vez algo que siempre estuvo ahí, es exactamente lo que este libro promete. Y cumple.