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Acerca del libro

Portada de Enrique iv

William Shakespeare

Enrique iv

Hay una escena que los lectores de Shakespeare recuerdan mucho antes de poder explicar por qué: un hombre enorme, sudoroso y glorioso, sentado en una taberna de mala muerte, improvisando un juicio de mentira en el que él mismo hace de rey. Lo rodean pícaros, prostitutas y borrachos, y sin embargo algo en ese momento pesa más que cualquier discurso pronunciado desde un trono verdadero. Ese hombre es sir John Falstaff, y con él Shakespeare inventó uno de los personajes más vivos que ha dado la lit
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Portada de Enrique iv
Enrique iv
William Shakespeare

Introducción

Hay una escena que los lectores de Shakespeare recuerdan mucho antes de poder explicar por qué: un hombre enorme, sudoroso y glorioso, sentado en una taberna de mala muerte, improvisando un juicio de mentira en el que él mismo hace de rey. Lo rodean pícaros, prostitutas y borrachos, y sin embargo algo en ese momento pesa más que cualquier discurso pronunciado desde un trono verdadero. Ese hombre es sir John Falstaff, y con él Shakespeare inventó uno de los personajes más vivos que ha dado la literatura en cualquier lengua.

Enrique IV —en sus dos partes— es formalmente una crónica histórica sobre la corona de Inglaterra, las rebeliones nobiliarias y el peso del poder. Pero quien la lee descubre enseguida que la historia es el fondo, y que el verdadero drama ocurre en otra parte: en la amistad imposible entre un príncipe que finge ser frívolo y un viejo que finge ser sabio, en la distancia entre lo que los hombres aparentan y lo que son cuando nadie de importancia los mira.

El joven Hal —futuro Enrique V— vive entre dos mundos que Shakespeare mantiene en tensión permanente: la corte fría y calculadora de su padre, y las tabernas calientes y caóticas de Eastcheap. No es un príncipe corrompido ni un rebelde sin causa; es algo más interesante y más incómodo: alguien que comprende perfectamente ambos mundos y que todavía no ha decidido a cuál pertenece. Esa indecisión, ese aplazamiento de la madurez, es uno de los retratos más honestos que se han hecho jamás del momento en que uno deja de ser joven.

Y luego está Falstaff. Intentar resumir a Falstaff es como intentar resumir el carnaval. Es cobarde y valiente, mentiroso y lúcido, exasperante y entrañable. Cuando en el campo de batalla filosofa sobre el honor y concluye que el honor es solo una palabra, uno no sabe si reír o darle la razón. Shakespeare lo sabía, y por eso no resuelve la pregunta: la deja abierta, vibrando, para que cada lector la responda por su cuenta.

La obra fue escrita hacia 1597, en plena madurez creativa de Shakespeare, cuando ya había aprendido que los géneros son jaulas demasiado pequeñas. Enrique IV es comedia y tragedia, sátira política y poema sobre la amistad, crónica de un reino y retrato íntimo de un padre que no sabe hablar con su hijo. Esa mezcla no es un defecto de construcción: es exactamente lo que hace que la obra respire como respira la vida real, donde lo solemne y lo ridículo comparten siempre el mismo espacio.

Leerla hoy produce una extraña sensación de familiaridad. Los políticos que hablan de honor mientras lo traicionan, los jóvenes que posponen convertirse en lo que se supone que deben ser, los viejos que usan el humor como escudo contra la melancolía: todo eso sigue aquí, con otros nombres y otros trajes, pero con la misma gramática humana que Shakespeare diseccionó con precisión quirúrgica y con una compasión que nunca se vuelve sentimentalismo.

No hace falta saber nada de historia inglesa para que esta obra te atrape. Hace falta, solamente, haber conocido alguna vez a alguien que te hizo reír cuando no debías, o haber sentido el peso de convertirte en la persona que otros esperan que seas. Con eso es suficiente. Shakespeare se encarga del resto.

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Cada gran obra esconde gemas del pensamiento

Hay frases que atraviesan los siglos, revelan verdades profundas y muchas veces cambian vidas. Viven escondidas en las obras que han marcado la historia de la humanidad. Leer es minarlas: cuando encuentres una que de verdad lo sea, márcala; si es una gema, se publicará con tu nombre en la página del autor y del libro. También descubrirás las gemas que ha hallado la comunidad.

No toda frase es una gema: una gema se sostiene sola, dice algo profundo y resuena en cualquiera.

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