Introducción
Hay escritores que nacen de los libros y escritores que nacen de las balas. Ambrose Bierce pertenece a la segunda estirpe. Con dieciocho años se alistó en el 9.º Regimiento de Infantería de Indiana y pasó cuatro años atravesando los campos de batalla más sangrientos de la Guerra de Secesión: Shiloh, Chickamauga, Kennesaw Mountain. Vio morir a hombres a su lado. Recibió él mismo una herida de bala en la cabeza en 1864. Cuando la guerra terminó, Bierce no pudo —o no quiso— dejar atrás aquello. Lo convirtió en literatura, y esa literatura se llama En medio de la vida.
El título original, Tales of Soldiers and Civilians, lo dice todo con una claridad casi brutal: no hay héroes abstractos aquí, no hay gloria envuelta en seda. Hay soldados y hay civiles, es decir, hay seres humanos atrapados en la maquinaria de la violencia, unos por uniforme y otros simplemente por el azar de haber nacido en el lugar equivocado. Bierce los mira a todos con el mismo ojo frío, casi quirúrgico, que aprendió a tener quien ha visto demasiado para permitirse el lujo de la sentimentalidad.
Lo que distingue a estos cuentos de casi todo lo escrito sobre la guerra en su época —y en muchas épocas posteriores— es la ausencia de consuelo. Bierce no redime a sus personajes ni les concede muertes con significado. La guerra en sus páginas no ennoblece ni alecciona: interrumpe, destroza, deja sin terminar. Sus finales tienen esa cualidad perturbadora de los sueños malos, esa sensación de que algo se ha roto sin posibilidad de reparación. No es pesimismo decorativo; es la honestidad de alguien que estuvo allí.
Y sin embargo, leer a Bierce produce una extraña fascinación. Su prosa es precisa como un disparo, irónica como solo puede serlo quien ha aprendido a reírse de la muerte para no temerla. Hay en él algo del periodista implacable que fue durante décadas en San Francisco, algo del satírico que escribió el célebre Diccionario del diablo: una inteligencia que no se deja engañar por las palabras grandes ni por los gestos nobles. Cuando un personaje muere en un cuento de Bierce, el universo no se detiene a contemplarlo. Eso, paradójicamente, hace que el lector sí lo haga.
La sección dedicada a los civiles es menos conocida pero igualmente perturbadora. Bierce demuestra allí que el horror no necesita uniforme: basta con la oscuridad, con una casa solitaria, con la mente humana llevada al límite. Los cuentos de civiles funcionan como el reverso oscuro de los de soldados: si en unos la violencia es exterior y colectiva, en los otros es íntima y a menudo inexplicable. Juntos forman un mapa completo de lo que el ser humano es capaz de hacerse a sí mismo y a los demás.
Bierce desapareció en México en 1913 o 1914, con más de setenta años, en circunstancias que nunca se aclararon del todo. Esa desaparición voluntaria, ese final sin cadáver ni epitafio, parece el último cuento que escribió: uno sin resolución, perfectamente fiel a su estética. Un hombre que vivió entre guerras y murió —si es que murió— entre ellas.
Estas páginas llevan más de un siglo esperando lectores que soporten su verdad sin pestañear. Son incómodas, son breves, son perfectas en su incomodidad. Ábralas.