Introducción
Hay libros que huelen a salitre. Que tienen, entre sus páginas, algo parecido al viento que llega de alta mar, caliente y cargado de promesas. En el mar de las perlas es uno de ellos, y basta abrir sus primeras líneas para que el mundo cotidiano retroceda como una orilla que se aleja.
Emilio Salgari nunca vio el mar de cerca hasta bien entrada su vida. Nació en Verona, tierra adentro, en 1862, y sin embargo consiguió lo que muy pocos escritores logran: inventar océanos más reales que los verdaderos. Lo hizo desde una habitación modesta, rodeado de atlas, enciclopedias y revistas de geografía, con una imaginación tan poderosa que el papel temblaba bajo su pluma. Esa paradoja —el hombre sin horizonte que creó los horizontes más vastos de la literatura italiana— es quizá la clave de toda su obra.
En esta novela, Salgari nos lleva a las aguas cálidas del golfo Pérsico, ese lugar donde desde tiempos inmemoriales los hombres se han lanzado al fondo del mar con un cuchillo entre los dientes y los pulmones a punto de estallar, en busca de ostras que guardan, si la suerte acompaña, una perla perfecta. Es un mundo de una belleza brutal: el fulgor del nácar bajo el agua, las embarcaciones de madera que se mecen sobre un mar de plata, y debajo, la oscuridad, el peligro, lo desconocido.
Pero Salgari nunca se conformó con el paisaje. Sus historias son engranajes en movimiento, y lo que impulsa este relato es algo más antiguo que cualquier aventura: la codicia y la lealtad, el valor y la traición, la amistad puesta a prueba en los momentos más extremos. Sus personajes no son figuras de cartón; tienen hambre, tienen miedo, cometen errores. Y eso, en un escritor de folletín de finales del siglo XIX, no era en absoluto lo habitual.
La época en que Salgari escribía era la del imperialismo triunfante, cuando Europa se repartía el mundo con la misma naturalidad con que se reparte un mapa sobre una mesa. Él, sin embargo, eligió siempre el otro lado de esa mesa: sus héroes suelen ser los que resisten, los que defienden, los que pertenecen a culturas que Occidente miraba con condescendencia. Hay en eso una generosidad moral que todavía sorprende, y que hace que sus libros conserven una dignidad que muchos de sus contemporáneos han perdido.
Leer a Salgari de adulto es también recuperar algo que la infancia guarda sin saberlo: la certeza de que el mundo es más grande de lo que cabe en nuestra experiencia, y de que en algún lugar, ahora mismo, alguien está viviendo algo extraordinario. Esa sensación —mezcla de envidia y maravilla— es el combustible secreto de toda gran literatura de aventuras.
No hace falta haber soñado nunca con el mar para que este libro lo despierte en usted. Salgari tiene ese don extraño: el de crear la nostalgia de lugares donde nunca hemos estado. Cuando cierre estas páginas, es posible que sienta que algo le falta, que hay un golfo lejano, unas aguas translúcidas, una perla que todavía no ha encontrado.
Ábralas, pues, sin prisa. El fondo del mar espera.