Introducción
En una radiante granja normanda en flor, una vid trepa por el muro de la casa. Está plantada, sabremos enseguida, justo en el lugar donde el viejo Milon fue fusilado. Con esa imagen serena arranca uno de los relatos más intensos de Maupassant sobre la guerra franco-prusiana de 1870, cuando los alemanes ocupaban Normandía y, cada noche, sus exploradores aparecían misteriosamente degollados en los caminos.
El terror cunde: se fusila a campesinos por simples denuncias, sin descubrir al culpable. Hasta que una mañana hallan al tío Milon, un anciano de sesenta y ocho años, humilde y complaciente con los ocupantes, herido en la cara junto a dos ulanos destripados. Llevado ante un consejo de guerra, el viejo confiesa sin vacilar: ha sido él, él solo, quien ha matado, uno tras otro, a dieciséis prusianos. Y relata con frialdad su método: disfrazado con el uniforme de un jinete al que decapitó, fingía pedir ayuda en los caminos para abatir a los soldados que se acercaban confiados.
Interrogado sobre por qué, el tío Milon revela sus razones: los invasores le habían saqueado, habían matado a su padre —soldado del primer Emperador— y a su hijo menor. «Se la debía, y he pagado. Estamos en paz». Sabe que va a morir y no pide clemencia; y en su último gesto, sublime y feroz, escupe en la cara del coronel antes de caer fusilado, sonriendo a sus nietos. «El viejo Milon» es una obra maestra sobre la venganza, el patriotismo callado de los humildes y la dignidad indomable frente al ocupante.