Introducción
Cañizares es viejo, rico y desconfiado hasta la obsesión. Se ha casado con Lorenza, una muchacha mucho más joven, y vive atormentado por una sola idea: que alguien pueda arrebatársela. Su solución es tan simple como inútil: cerrojos, llaves, muros, vigilancia constante. Ha convertido su casa en una cárcel y a su mujer en una prisionera. Así comienza El viejo celoso, uno de los entremeses más picantes y divertidos de Cervantes.
Pero el encierro, lejos de dar seguridad, siembra el descontento. Con la ayuda de una vecina astuta y de su propia criada, Lorenza encontrará el modo de burlar la vigilancia del marido y de darle, en cierto sentido, motivos para los celos que él mismo ha alimentado. La comedia avanza entre engaños ingeniosos, dobles sentidos y una picardía muy del gusto del género.
Cervantes vuelve aquí a un tema que ya había tratado con más hondura en su novela El celoso extremeño: el del hombre mayor que pretende encerrar el amor y el deseo bajo llave. Pero en el entremés lo aborda desde la pura comedia, con ligereza y malicia, para reírse de la desconfianza enfermiza y de lo absurdo de querer controlar la voluntad ajena.
Bajo la risa asoma, como siempre en Cervantes, una idea seria: la libertad no se puede aprisionar, y quien lo intenta suele provocar precisamente lo que temía. Los celos, sugiere la obra, son a menudo los mejores aliados de la infidelidad.
Es una pieza breve, chispeante y algo atrevida, ideal para descubrir el lado más desenfadado del autor. En pocas páginas condensa siglos de comedia sobre maridos, esposas y deseos que no atienden a cerrojos.
Entra en la casa amurallada de Cañizares y observa cómo se desmorona su vigilancia. Es Cervantes en su vena más pícara y risueña.