Introducción
Ruge la tormenta en la montaña cuando un desconocido llama a la puerta de la cabaña —no con la aldaba, sino con un «lúgubre ruido de enterrador»—. Es un vendedor de pararrayos, empapado, de ojos hundidos, que empuña su vara de cobre como un cetro. Y trae una sola herramienta de venta: el miedo. Cada trueno es un argumento; cada relámpago, una amenaza para convencer al dueño de que compre su «única vara verdadera».
El narrador, en cambio, se planta en su hogar con calma irónica y lo desmonta: le llama «Júpiter Tonante», señala las contradicciones de su charlatanería, y descubre que el vendedor —que pretende dar valor a los demás— es él mismo un cobarde que viaja aterrado, evitando árboles, campanas y «a los hombres altos». Frente a la venta del pánico, el narrador opone su serenidad: «en el trueno como en el sol, estoy tranquilo en las manos de mi Dios».
Melville escribe una alegoría transparente y afilada: el vendedor de pararrayos es el mercader del miedo de todas las épocas —el que, como Tetzel con sus indulgencias, comercia con el terror del hombre a la muerte y al cielo—. El narrador lo agarra, rompe su vara y lo echa; pero, advierte el final, ese hombre «aún habita en la tierra… y conduce un valiente comercio con los temores del hombre». La superstición y el miedo siempre encuentran quien los venda.