Introducción
Hay cuentos que parecen escritos en la madera misma de los árboles, con esa lentitud paciente que solo conocen las cosas que han vivido mucho. «El último sueño del viejo roble» es uno de ellos. Andersen lo concibió como una historia de Navidad, pero lo que late en su interior es algo más hondo y más extraño: una meditación sobre el tiempo, sobre lo que significa haber crecido despacio y en silencio, sobre si la brevedad de una vida puede ser, a su manera, tan plena como la eternidad.
El protagonista no es un niño ni un príncipe ni una muchacha pobre. Es un roble de trescientos sesenta y cinco años. Un árbol que ha visto nacer y morir generaciones enteras de efímeras —esas pequeñas criaturas que viven un solo día de verano— y que, sin embargo, nunca ha comprendido del todo qué significa que el tiempo pase de verdad. Andersen construye aquí algo poco frecuente incluso en su propia obra: una historia cuyo héroe es la permanencia, y cuyo conflicto más íntimo es el de quien ha durado tanto que ya casi no sabe cómo despedirse.
Andersen tenía el don de encontrar alma en lo que los demás miraban sin ver. Lo hizo con una cerilla, con un soldadito de plomo, con la sombra de un hombre. En este cuento lo hace con un árbol, y el resultado tiene esa misma cualidad inquietante y luminosa a la vez: la sensación de que lo que se nos cuenta es sencillo, pero que por debajo corre algo que no termina de nombrarse.
Dinamarca, el siglo XIX, un escritor que conocía de primera mano lo que es sentirse fuera de lugar en el mundo. Andersen venía de la pobreza, había sido feo y torpe y risible para muchos, y sin embargo construyó una obra que el mundo entero acabó leyendo a sus hijos. Quizás por eso sus cuentos más verdaderos no son los de triunfo fácil, sino los que miran de frente la fragilidad y encuentran en ella, si no consuelo, sí una especie de dignidad serena.
Este cuento pertenece a ese grupo. No promete finales felices al uso. Lo que ofrece es algo más difícil de definir: la sensación de haber estado presente en algo grande, de haber escuchado cómo un ser vivo se despide del mundo con una gracia que los humanos rara vez alcanzamos.
Leerlo en voz alta tiene su recompensa. El ritmo de Andersen en sus mejores momentos imita sin quererlo el de la naturaleza: lento al principio, casi moroso, y de pronto súbitamente vivo, cargado de imágenes que se quedan. El sueño del roble, cuando llega, tiene la textura de esos sueños que al despertar uno no sabe si fueron hermosos o terribles, y que por eso no se olvidan.
No hace falta ser niño para que este cuento haga su efecto. Hace falta, quizás, haber pensado alguna vez en lo que deja atrás una vida larga, o haber mirado un árbol viejo con algo más que indiferencia. Si alguna vez has hecho cualquiera de las dos cosas, el viejo roble ya te está esperando.