Introducción
Hay escritores que no describen el mundo: lo lanzan. Emilio Salgari pertenece a esa estirpe rara de narradores que convierten cada página en una catapulta, y El tren volador es, quizás, uno de los ejemplos más puros de esa energía desbocada que lo hizo legendario en medio mundo.
Salgari nunca salió de Italia. Nunca cruzó océanos ni atravesó selvas, nunca pisó las tierras que describía con una precisión casi alucinada. Lo suyo era otra clase de viaje: el que se hace con atlas viejos, revistas de geografía y una imaginación que no conocía límites ni fatiga. De ese prodigio extraño nació una obra inmensa —más de doscientas novelas y relatos— que alimentó los sueños de generaciones enteras de lectores en España, en América Latina, en Italia, en Francia. Leerlo es entender que la aventura no necesita pasaporte: necesita pulso.
En El tren volador Salgari pone su talento al servicio de una de las grandes obsesiones de su época: la velocidad. El siglo XIX había transformado el mundo con el ferrocarril, y aquel prodigio de hierro y vapor seguía siendo, para muchos, algo cercano al milagro. Una máquina que devoraba distancias, que encogía continentes, que hacía posible lo que antes era imposible. Salgari tomó esa fascinación colectiva y la convirtió en ficción pura: un tren que no es solo un medio de transporte sino el escenario mismo del peligro, la persecución y la audacia.
Lo que distingue a Salgari de otros aventureros de papel es su capacidad para mantener la tensión sin que el lector pueda adivinar dónde está el freno. Sus tramas no caminan: corren. Y en esta novela esa cualidad alcanza una expresión casi literal, porque el propio vehículo que da título al libro impone su ritmo a la narración: todo ocurre a toda velocidad, sin respiro, con la urgencia de quien sabe que detenerse puede costar la vida.
Pero sería injusto reducir El tren volador a una simple sucesión de peripecias. Hay en ella algo más: una mirada sobre la modernidad que mezcla admiración y vértigo, el retrato de un mundo que cambia tan deprisa que apenas da tiempo a comprenderlo. Salgari no era un pensador sistemático, pero era un observador agudo del espíritu de su tiempo, y eso se cuela entre las páginas de acción como el humo entre los vagones.
Los personajes que pueblan esta historia llevan consigo esa mezcla característica del universo salgariano: valentía sin arrogancia, lealtad puesta a prueba, villanos que no son simples sombras sino fuerzas con lógica propia. Nadie en Salgari es decorado: todos empujan la historia hacia adelante con la misma urgencia del tren que les da nombre.
Leerlo hoy produce una sensación curiosa y placentera a la vez. Hay algo en esta prosa directa, en esta confianza absoluta en el poder del relato, que desafía cualquier sofisticación literaria posterior. Salgari no pide que lo analices: pide que lo sigas. Y uno lo sigue, casi sin darse cuenta, página tras página, con esa entrega que solo provocan los narradores que de verdad creen en lo que cuentan.
Así que aquí está el tren. Ya está en marcha.