Introducción
Macha nunca había pisado un teatro, y la primera vez que lo hace queda deslumbrada. En el escenario, el trágico Fenoguenov «gritaba, aullaba como una fiera, se golpeaba el pecho, temblaba de pies a cabeza como nunca se tiembla en la vida real, jadeaba como una locomotora». Al público le encanta; a Macha, hija ingenua del jefe de policía, le parece un semidiós. Y se enamora.
Chéjov, con su ironía precisa, monta el espejismo para luego destrozarlo. Macha se fuga con la compañía, se casa con su ídolo… y descubre que Fenoguenov, fuera del escenario, es un pobre diablo vanidoso y brutal que la maltrata porque el padre, indignado, le ha cerrado la bolsa. La joven, atrapada, le escribe a su padre una y otra vez la misma carta desgarradora: «¡Papá, me pega! ¡Perdónanos!».
Detrás de la sátira del actor histriónico —esa gran farsa del talento fingido— late una tragedia real: la de una muchacha que confundió el aullido con el arte y la pose con el hombre. Chéjov no juzga; solo muestra cómo el teatro, esa mentira hermosa, puede arruinar una vida cuando se lo toma por verdad.