Introducción
Hay novelas que nacen de una idea tan perfectamente loca que uno se pregunta cómo nadie la había tenido antes. Julio Verne, en el último tramo de su vida, imaginó esto: un millonario de Chicago muere y deja en su testamento una herencia descomunal, pero para obtenerla hay que ganar una carrera. No una carrera cualquiera, sino un recorrido por todos los estados de los Estados Unidos siguiendo las casillas de un tablero de oca gigantesco. El país entero convertido en juego de mesa. El azar convertido en destino. Y seis herederos lanzados a los caminos de una América que Verne nunca pisó, pero que describió con la minuciosa pasión de quien la había soñado durante décadas.
Eso es, en su médula, El testamento de un excéntrico: una novela que se divierte siendo lo que es, sin disculparse por ello. Publicada en 1899, cuando su autor tenía ya setenta y un años y cargaba con el peso de una obra inmensa, esta historia tiene algo de juguete mecánico perfecto, de esos que giran sin parar y producen asombro precisamente porque no se detienen a explicarse.
Verne conocía América como se conoce un amor de lejos: con idealización, con datos, con una mezcla de fascinación y distancia que produce una visión extrañamente nítida. Había absorbido geografías, estadísticas, crónicas de viajeros, y de todo ello fabricó un retrato de los Estados Unidos que es, al mismo tiempo, documental y fantástico. Los personajes atraviesan los Grandes Lagos, las llanuras del Medio Oeste, los desiertos del sur, las montañas del Pacífico; y en cada etapa la tierra americana aparece con esa densidad descriptiva que es la firma inconfundible del autor de La vuelta al mundo en ochenta días.
Porque hay que decirlo: esta novela es pariente cercana de aquella. Comparten el pulso, la estructura de carrera contra el tiempo y el azar, la galería de personajes que compiten y se observan con desconfianza. Pero donde Phileas Fogg era la encarnación de la frialdad calculadora, aquí los protagonistas son humanos en su codicia, en sus miedos, en sus pequeñas trampas. El juego los desnuda.
Y el juego es, en el fondo, el verdadero protagonista. La oca no es un pretexto decorativo: es la estructura moral de la novela. Avanzar, retroceder, quedarse parado, volver a empezar. Verne entendía que la vida tiene mucho de tablero caprichoso, y que la fortuna —en todos los sentidos de la palabra— no siempre premia al más listo ni al más virtuoso, sino al que sabe esperar su turno con paciencia y algo de suerte.
Hay en esta novela una alegría que no siempre se le reconoce a Verne, quizás porque se le recuerda sobre todo como profeta tecnológico o como maestro de la aventura extrema. Pero aquí hay humor, hay ironía suave, hay una mirada benevolente sobre la ambición humana que no juzga sino que observa y, de vez en cuando, sonríe. El excéntrico del título, ese millonario muerto que mueve los hilos desde su testamento, es casi un personaje de comedia clásica: el dios ausente que organiza el caos de los vivos.
Leer esta novela es entrar en un mecanismo que funciona con la precisión de un reloj y la imprevisibilidad de un dado. Verne, al final de su vida, seguía siendo capaz de inventar mundos que giran solos. Este es uno de ellos, y está esperando que alguien lo ponga en marcha.