Introducción
Hay libros que nacen de una vida entera. El tesoro de David es uno de ellos. Charles Spurgeon comenzó a escribirlo siendo un joven predicador de apenas veintidós años, lleno de fuego y de fe, y no lo terminó hasta casi el final de sus días, cuando la enfermedad y el peso de décadas de ministerio habían cincelado en él una sabiduría que ninguna juventud puede comprar. Siete volúmenes, más de veinte años de trabajo, un salmo a la vez: pocas obras en la historia de la literatura cristiana llevan tan claramente la huella de toda una existencia.
El libro es, en su forma más sencilla, un comentario al libro de los Salmos. Pero llamarlo «comentario» es casi un insulto. Spurgeon no se acerca al texto sagrado con la frialdad del académico que disecciona versículos; se acerca como quien regresa cada mañana al mismo manantial porque sabe, por experiencia propia, que allí encontrará agua. Para él, los Salmos no eran literatura antigua ni documento histórico: eran el mapa exacto del alma humana, trazado con una precisión que ningún siglo ha logrado superar.
Lo que hace singular a esta obra es su arquitectura generosa. Spurgeon ofrece primero su propia meditación sobre cada salmo —densa, apasionada, llena de imágenes que saltan de la página—, y luego convoca a una asamblea de voces: teólogos medievales, puritanos del siglo XVII, predicadores de su propia época, poetas y místicos. Es como asistir a una conversación que atraviesa siglos, donde Agustín de Hipona y un pastor inglés del 1600 y el propio Spurgeon comentan juntos el mismo versículo, cada uno desde su mundo, y sin embargo diciendo algo que te toca a ti, aquí, ahora.
Spurgeon era el predicador más famoso de la Inglaterra victoriana. Cada domingo llenaba el Metropolitan Tabernacle de Londres con miles de personas que venían a escucharle hablar con una claridad y una emoción que sus contemporáneos describían como algo casi físico. Pero El tesoro de David revela otra dimensión de ese hombre: la del lector voraz, el estudioso incansable, el espíritu que encontraba en los libros una forma de oración. Se dice que su biblioteca personal superaba los doce mil volúmenes, y buena parte de esa riqueza acumulada desemboca en estas páginas.
Hay algo más, y conviene decirlo: Spurgeon escribió muchas de estas páginas desde el dolor. La gota, la depresión, las controversias que lo enfrentaron con su propia denominación, la muerte prematura de seres queridos. Los salmos de lamento —esos que preguntan a Dios por qué calla, por qué tarda— los comentó con una autoridad que solo da el sufrimiento vivido, no estudiado. Eso se nota. Eso se siente.
El lector que abra este libro no necesita ser teólogo ni conocer el hebreo ni tener una fe consolidada. Necesita, simplemente, haber experimentado alguna vez que las palabras pueden llegar a lugares donde la razón no alcanza. Porque eso es lo que los Salmos hacen, y eso es lo que Spurgeon hace con los Salmos: les devuelve su capacidad de hablar directamente al interior de una persona, sin intermediarios innecesarios, sin tecnicismos que enfríen.
Pocas obras permiten al lector sentarse junto a un hombre que amaba profundamente lo que estudiaba. En El tesoro de David, ese amor es visible en cada página, en cada cita escogida con criterio, en cada frase que Spurgeon escribe como si le fuera algo importante en ello. Y esa clase de amor, cuando es genuino, resulta contagioso.