Introducción
Yegor Savich es pintor —o eso dice—. Ha pasado todo el verano en una casa de campo sin terminar un solo cuadro, y se niega a casarse con Katia, la muchacha que lo adora, con el argumento perfecto: «un artista que vive de su arte no debe casarse; los artistas debemos ser libres». Bebe vodka, sueña salones lujosos que nunca ha visto, admiradoras que no conoce, retratos suyos «vendidos a millares».
Cuando llegan dos colegas tan mediocres como él —un paisajista y un pintor «histórico» de treinta y cinco años que sigue siendo «principiante»—, los tres van y vienen por la habitación «como lobos enjaulados», ebrios de sueños de gloria. Y aquí Chéjov clava su ironía en una frase demoledora: ninguno piensa que ya han perdido sus mejores años, que «viven como parásitos, mano sobre mano», que «los verdaderos talentos son excepciones muy escasas» y que a la mayoría «les sorprende la muerte empezando».
El golpe final lo da la ternura: Katia, que ha escuchado sus fanfarronadas, mira a Yegor «con honda devoción», orgullosa del «pequeño dios que se ha creado». Un retrato agridulce de la vanidad artística y del amor que se inventa un ídolo, escrito con la piedad y la lucidez inconfundibles de Chéjov.