Introducción
Hay cuentos que se leen de niño y se olvidan, y hay cuentos que se leen de niño y permanecen, silenciosos, en algún recoveco del pecho, esperando el momento en que uno sea lo bastante mayor para entenderlos del todo. El soldadito de plomo pertenece a esta segunda categoría, y eso lo dice todo sobre su naturaleza secreta: parece un cuento para niños, pero es, en realidad, uno de los retratos más honestos y desgarradores que se han escrito jamás sobre el deseo, la lealtad y la fragilidad de existir.
Hans Christian Andersen nació en Odense en 1805, hijo de un zapatero pobre y de una lavandera casi analfabeta, y pasó buena parte de su vida sintiéndose fuera de lugar: demasiado sensible, demasiado raro, demasiado alto y desgarbado, demasiado ambicioso para su origen y demasiado plebeyo para sus aspiraciones. Esa experiencia de no encajar, de amar sin ser correspondido, de avanzar cojeando por un mundo que no estaba hecho a su medida, la vertió entera en sus cuentos. Y en ninguno con tanta precisión quirúrgica como en este.
El soldadito tiene una sola pierna. No es un defecto narrativo ni un detalle pintoresco: es la condición misma del personaje, la marca que lo distingue del mundo y que, al mismo tiempo, lo hace extraordinariamente humano. Porque todos conocemos esa sensación —la de llegar al mundo con algo que falta, o que sobra, o que simplemente no encaja con lo que los demás esperan de nosotros.
Lo que Andersen construye con materiales aparentemente humildes —juguetes, una caja de cartón, un barco de papel, una llama de vela— es una historia de amor que nunca se pronuncia, de valentía que nadie recompensa y de fidelidad llevada hasta sus últimas consecuencias. No hay moraleja fácil al final. No hay justicia poética ni final consolador envuelto en lazos. Andersen no era ese tipo de escritor, y por eso sus mejores cuentos duelen de una manera que los cuentos de hadas convencionales nunca logran.
Es tentador compararlo con otros grandes de la literatura fantástica, pero Andersen es, en realidad, inclasificable. A diferencia de los hermanos Grimm, que recogían y pulían tradiciones populares, él inventaba sus historias desde adentro, desde una imaginación que era también una forma de autobiografía encubierta. Sus cuentos no vienen del folclore: vienen de él. Y eso se nota en cada línea, en esa mezcla extraña de ternura y crueldad, de humor leve y tristeza profunda que hace que sus páginas vibren con algo que no es exactamente inocencia.
Leer El soldadito de plomo hoy es descubrir que los mejores cuentos no caducan porque no hablan de su época: hablan de la condición de querer algo con toda el alma y no poder alcanzarlo, de mantenerse firme cuando el mundo se empeña en arrastrarte, de la belleza extraña y casi insoportable de amar sin garantías. Eso no tiene fecha.
Así que abra estas páginas con calma. Son pocas, pero pesan. Y cuando llegue al final —y llegará pronto, porque el cuento es breve como una llama— es posible que necesite un momento antes de pasar a otra cosa. Eso también lo decía todo sobre Andersen: sabía que las historias más grandes no son siempre las más largas, sino las que se quedan.