Introducción
Hay ríos que son geografía y ríos que son destino. El Orinoco pertenece a la segunda categoría: ese laberinto de agua oscura y selva sin fondo que serpentea por Venezuela hasta desvanecerse en el Atlántico no es simplemente un accidente del mapa, sino una promesa y una amenaza al mismo tiempo. Julio Verne lo sabía, y cuando decidió convertirlo en el escenario de una de sus novelas tardías, eligió no solo un lugar, sino una metáfora perfecta de todo lo que el ser humano busca cuando se interna en lo desconocido.
Publicada en 1898, El soberbio Orinoco llega en el ocaso de la vida de Verne, cuando el entusiasmo victoriano por la exploración comenzaba a teñirse de algo más complejo: la conciencia de que el mundo ya no tenía tantos espacios en blanco, y de que los que quedaban guardaban secretos más íntimos que cualquier coordenada geográfica. El Verne de esta época no es exactamente el mismo que lanzó a Phileas Fogg alrededor del mundo con la puntualidad de un reloj suizo. Hay aquí una melancolía nueva, una profundidad que sorprende a quienes creen conocer al autor de memoria.
La expedición que narra la novela remontar el río en busca de sus fuentes, pero las fuentes del Orinoco resultan ser también las fuentes de una historia personal, de un secreto familiar que alguien lleva consigo sin saberlo del todo. Verne construye así una doble corriente: la del río que avanza hacia el interior del continente y la de una verdad que avanza hacia el interior de un alma. Esa superposición entre aventura exterior y descubrimiento íntimo es lo que distingue a este libro de la imagen más popular que tenemos de su autor.
Lo que fascina es la precisión con que Verne describe un territorio que nunca pisó. Sus páginas huelen a vegetación húmeda, a madera podrida flotando en aguas color café, a la lluvia súbita que cae sobre la selva como un telón. Leyó cuanto existía sobre la región, consultó relatos de exploradores y naturalistas, y de todo ello destilló un paisaje que sus lectores contemporáneos reconocían como verosímil y que hoy, conociendo mejor esos territorios, sigue resultando asombrosamente evocador.
Hay en la novela personajes que cargan con la rigidez simpática de la época —el científico metódico, el guía indispensable, el viajero obstinado— pero también hay fisuras en esa rigidez, momentos en que la selva los obliga a revelar algo que no esperaban de sí mismos. La naturaleza en Verne nunca es decorado puro: es interlocutora, y a veces adversaria, y en ocasiones algo parecido a un espejo.
Leer El soberbio Orinoco es también asomarse a un momento histórico irrepetible, cuando Europa miraba América del Sur con una mezcla de codicia científica y genuino asombro, cuando todavía era posible creer que doblar un recodo del río significaba entrar en territorio absolutamente virgen. Esa inocencia —o esa ilusión— tiene su propia belleza, y Verne la captura con la honestidad de quien sabe que el mundo cambia más deprisa de lo que los mapas pueden registrar.
Para quienes llegan a Verne por primera vez a través de estas páginas, la sorpresa será descubrir a un escritor más matizado de lo que la leyenda permite. Para quienes regresan, la sorpresa será encontrar que este río oscuro y magnífico guarda todavía algo que no habían visto antes. El Orinoco espera, como siempre ha esperado: ancho, impasible, dispuesto a llevarse consigo a cualquiera que se atreva a seguir su corriente.